La Región
En Ourense, con morriña de xunqueira
El tiempo es un elemento extraño: para unos pasa volando; para otros, los minutos no avanzan. Lo percibimos según la edad -lento en la juventud, acelerado con los años-, o según las circunstancias, como en ese final de partido en el que cada segundo parece eterno. Y, periódicamente, el debate sobre el cambio de hora vuelve a recordarnos hasta qué punto intentamos domesticarlo.
Sin embargo, el reloj no es el verdadero culpable de nuestro desasosiego. Marca las horas de vigilia y sueño, pero no decide cómo las vivimos. Dormir es una necesidad básica, y una parte importante de la población no descansa bien, atrapada en un ritmo que apenas concede tregua.
No somos máquinas. El trabajo, la incertidumbre económica, las preocupaciones familiares o la dificultad de acceder a una estabilidad digna generan una tensión constante. A ello se suman las pantallas, siempre encendidas, que prolongan el día más allá de lo razonable y colonizan incluso el espacio del descanso.
Buscamos soluciones rápidas -pastillas, infusiones, consejos-, pero el problema es más profundo: hemos convertido las horas en un juez implacable. Vivimos conectados, pendientes de mensajes y respuestas, pero cada vez más alejados del descanso real. Nos cansamos más, pero descansamos menos.
Tal vez no sea la vida la que nos falla, sino nuestra dificultad para ajustarla al bienestar que necesitamos. Porque, en el fondo, el reloj siempre llega tarde a nuestros deseos.
Pedro Marín Usón (Zaragoza)
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