El lagüero

Publicado: 17 jul 2026 - 02:50
Cartas al director en La Región.
Cartas al director en La Región. | La Región

Hay una larga historia en la palabra “verde” que casi siempre aparece en contextos peyorativos. En muchas culturas va asociada a la inmadurez, la fertilidad y más de las veces con todo lo lascivo o inapropiado.

Ahora bien, cuando el adjetivo “verde” se combina o asocia con “viejo” pasa a formar una expresión que denuncia un comportamiento inadecuado en los hombres de mayor edad.

En la literatura y en el habla popular de siglos pasados, “viejo verde” se utilizaba para señalar a aquellos hombres mayores que no ajustaban su comportamiento a lo que se esperaba de su edad y posición social. La expresión ha sido utilizada en obras de teatro, novelas y poesía para destacar este tipo de comportamiento.

Pero a lo que íbamos, -que íbamos bien, demasiado bien- después de la guerra civil apareció la figura del “lagüero”, figura mítica con su azada al hombro, que era un excombatiente mutilado de la patria que se dedicaba a taponar los baches y arreglar las cunetas de las principales carreteras. Era un funcionario público. Tenía además para su manutención un espacio reducido de terreno entre la cuneta y las fincas que aprovechaba para trabajar aquellas pequeñas franjas de tierra con hortalizas y otros productos agrícolas. En mi pueblo era conocido uno muy popular y famoso por su alta afición y sabiduría sobre los naipes, jubilado ya se le veía en la taberna todas las tardes con otros desocupados como él; guardias civiles, funcionarios, empresarios y algún que constructor, amén de algún tontolaba de este mi pueblo que suelen ser además de tontos muy buenos jugadores de dominó y cartas. Afición que les salva socialmente de su poco entendimiento.

Era este “lagüero” verde y verde mirón. Un día en medio de un silencio, que, aunque anómalo suele darse entre partidas varias, un holgazán que tal vez había llegado tarde y ya no tenía pareja se fumaba en la puerta un cigarrillo dio de pronto la voz de alarma anunciando a toda la concurrencia que jamás en su vida había visto piernas y minifalda tan bonitas y bella. Raudo como una centella se levantó con las cartas en las manos y salió el lagüero a contemplar tal monumento. Tarde se dio cuenta cuando descubrió que tal joven era su hija. Y atacado y profundamente afectado en la bahía del resentimiento, volvió refunfuñando entre dientes y maldiciendo al chivato entre las risas y comentarios burlones de todos los demás asistentes que se hicieron eco de tal metedura de pata.

Durante algún tiempo fue la comidilla diaria de tal taberna. Y rematamos el camino finalmente diciendo que donde las dan las toman y que el caldo frio y el vino caliente pierden todo cuanto valen.

José Rodríguez Gómez (Negreira)

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