Fernando Ramos
HISTORIAS DE UN SENTIMENTAL
Otra vez se vuelve a hablar del Festival del Miño
Si nos echamos las manos a la cabeza cada vez que escuchamos o leemos las “lindezas” que se lanzan los políticos entre bancada y bancada, en los pasillos o en las tertulias, con la propuesta de reforma del Código Penal sobre la libertad de expresión, las peleas de grillos se van a quedar cortas cuando se apruebe el nuevo decreto ley que puede exonerar de culpa cualquier tipo de improperio o exabrupto lanzado contra un contrario o contra las instituciones.
Al margen de consideraciones sobre la procedencia o no de este cambio legal, que algunos entienden como un retroceso y otros como un avance progresista, en mi opinión hay un matiz que no se ha tenido en cuenta, y es el aspecto estético del asunto, porque si ya nos parecían exageradas algunas trifulcas, con tintes callejeros, de nuestros representantes, lo que está por venir, si llegan a buen puerto las pretendidas reformas, puede significar que se abra la veda al insulto indiscriminado y a la descalificación del contrario, sin necesidad de más argumentos y sin ningún tipo de límites, lo que podría dar lugar a situaciones incluso más esperpénticas de las que estamos ya habituados a contemplar.
Pero en política todo vale y aún no hemos visto hasta dónde se puede llegar, por lo que parece.
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