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Cada primavera España practica un deporte atávico: mover el reloj una hora y fingir que el sol ha cambiado de opinión. El pobre astro despierta por el horizonte, mira a España, consulta el meridiano de Greenwich y suspira: “Otra vez estos adelantados”.
Es alucinante: en Finisterre amanece cuando en Berlín van por el segundo café, pero nuestros relojes insisten en que somos vecinos de rellano. La lógica geográfica sugiere compartir hora con Portugal, Reino Unido o Canarias, pero preferimos vivir como si estuviéramos dos husos más al este y llamarlo ahorro energético, que nadie ve, pero todos sufrimos. Cada seis meses repetimos el ritual de forzar el ritmo circadiano: niños zombis, abuelos desorientados y adultos con ojeras. Europa dijo en 2019 que ya bastaba, pero los burócratas debieron de perder el norte en algún despacho y aquí seguimos, descolocando al sol por decreto.
Tal vez el día en que dejemos el reloj quieto descubramos algo revolucionario: que el sol siempre estuvo donde debía. Somos nosotros los que vamos con retraso.
Miguel Fernández-Palacios Gordon (Madrid)
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