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Fueron muchos días en aquella planta de hospital, demasiados, tantos casi como caras iban desapareciendo de habitaciones contiguas, una especie de cuenta atrás imposible de parar que traía nuevos rostros y nuevos dramas personales.
Era extraño pasear con ella por el pasillo para que cogiese una fuerza que se le iba por momentos, pasar al lado de acompañantes de otros enfermos enjugándose las lágrimas, en un silencio que retumbaba dentro de mi cabeza y que deseaba que ella, a mi lado, no notara... Me preguntaba cómo uno llora callado, pero a medida que se reproducía la misma escena al lado de una habitación cerrada, entendía que era una especie de dramático ritual dirigido por las enfermeras "no lloren aquí, todos están muy enfermos". Siempre admiraré esa solidaridad con los que seguíamos aferrados a una vida tan frágil y finita y a la que esos enfermos ya habían tenido que decir adiós... Mamá y yo nunca hablábamos de eso, seguíamos caminando hasta que llegaba la frase, ésa frase: "métanse en la habitación y cierren las puertas". Y el mundo de nuevo se hacía pequeño, miserable... Uno menos... Y no voy a decir que fueran enfermos que perdían la batalla, sino que la ganaban, porque habían dicho "¡maldito cáncer, ya no me molestarás más!"... Y hay que ser muy valiente para decir adiós cuando tienes muchos motivos para aferrarte a la vida... Y mi madre los tenía. No quería morirte todavía, repetía una y otra vez.
Qué ingrato el trabajo de tantos profesionales de la planta de Oncología que aún conociendo el nombre de cada enfermo atienden a todos con una sonrisa sabiendo que podía ser la última, qué complicado me ha parecido siempre abstraerse de tanto drama y salir por esa puerta olvidando todo lo que queda atrás. Reconozco que en mi trabajo nunca he sido capaz de hacerlo. Diana, Sonia, Asunta. Historias que siguen haciéndome daño y que han marcado mi vida, y en cambio ellas...Tan valientes como sus pacientes.
Sigo creyendo que la Sanidad en general y el Sergas en particular siguen tocando fondo por culpa de políticos que nunca se verán al nivel del común de los mortales y, sin embargo, pese a ellos y su falta de empatía, qué buenísimos profesionales tenemos en Galicia. Olalla, Lolo, María, doctora Salgado, doctor Jesús Gómez. Gracias infinitas por esos duros días en los que nunca faltó vuestro cariño.
Llegó la hora de ir para casa, en donde ella pidió estar hasta el final. Y así fue, pero también allí, en casa, recibimos hasta el final la visita de profesionales hechos de otra pasta: Isabel, Manolo, Gabi, el grandiiisimo Antonio, las 'Patris', las cariñosas Bea y Merche... Una lista interminable de personas que han quedado para siempre grabada en nuestras vidas. El servicio de Hospitalización a Domicilio es vocacional porque no podría soportarse de otro modo: visitar a diario a enfermos terminales y darles mil caricias, mil sonrisas y el tiempo limitado que pueden ofrecer los calmantes.
Nuestros paseos se han acabado ya para siempre y sin embargo todos seguiréis en mi memoria. Gracias infinitas por hacer llevadero un dolor inhumano que desde el 31 de julio nos acompañará eternamente. Al perder a mi mami he descubierto un dolor aquí dentro que no sabía que existía, pero me queda la satisfacción de haber vivido el mundo del cáncer desde la perspectiva del amor incondicional de los sanitarios ourensanos. Gracias a tod@s por haberla cuidado siempre con la mejor de las sonrisas. Y por hacerlo también con nosotros. Queda un enorme vacío y un dolor incurable, pero gracias a vosotros, todo se envuelve de recuerdos imborrables que dan la fuerza necesaria para seguir caminando en una vida que nunca será lo mismo sin ella.
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