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Amigas y amigos:
Rosa Conde Corzón es mujer de “a mañanciña” y de “las tardecitas de Buenos Aires”, que tienen no sé qué de amistad, de hogar y de brisa. Ella brilló en los salesianos por su admirable ejemplo de trabajo, limpieza y cariño, en el fiel desempeño de su oficio. Sencilla, y de espaldas a los laureles, escaló aquí los niveles más altos del aprecio.
Cada madrugada, con ella subía dos ejemplares de La Región e hilvanaba la cocina con hilo dulce y fino, que seguía tejiendo durante el día su amiga Dina. Con un ojo en la plancha y el otro en la imagen de María Auxiliadora, trenzaba Rosa en la ropería cada mañana las prendas que abrigarían la semana de los salesianos. Allí pocas veces alcanzaba trabajar su amiga Vicenta, que laboraba en otra planta. Al pasar a su lado, todos rasgaban el silencio con un “buenos días”, muy bajito; y Rosa enviaba otro “buenos días”, calentito.
Limpiaba a mediodía las salas, pasillos y terraza de la comunidad salesiana, porque allí pocas veces alcanzaba faenar su amiga Yolanda. Rosa - pulcra y silenciosa- barre, limpia, borda y cose la ropa y el espacio. Ella no conoce la pereza. No hay en la ropa ni en el suelo una mota. Y dice que encuentra dos millones de razones para limpiar, ayudar y tener la casa como una rosa. Con un ojo en el suelo y el otro en el cielo, terminaba la jornada y se encaminaba a su barrio de A Cuña, donde su familia la acuna.
El doctor ourensano Miguel Abad escribía en La Región que los ruidos blanco y rosa pueden ser útiles para dormir y, por tanto, para vivir. El primero (algo así como una niebla sonora constante) puede enmascarar el fuerte ruido de portazos y alarmas. El segundo (que da más intensidad a las frecuencias graves) concede un valor protagonista a ciertos sonidos naturales, como el murmullo de la lluvia, el rumor de un arroyo o el oleaje del mar. La labor de Rosa fue la de un ruido blanco y un ruido rosa.
Amigas y amigos, Rosa, trabajando en los salesianos, fue mujer de “as mañanciñas” y de “las tardecitas de Buenos Aires”, que tienen no sé qué de amistad, hogar y gracia. Por eso, hoy todos le decimos: gracias y felicidad en tu vida de jubilada, Rosa.
Adolfo Requejo Rodríguez
(Ourense)
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