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CARTA AL DIRECTOR
El Estado moderno se encontró desde el principio frente a la ingente labor de gestionar el miedo. Tuvo que tejer una red protectora para reemplazar la vieja, destrozada por las revoluciones modernas, y seguir separándola cuando la continua modernidad promovida por el mismo Estado la tensaba, más de lo que daba de sí, volviéndola cada vez más frágil a través de la división y el aislamiento y la soledad de los ciudadanos. El Estado practica la estrategia de la sífiles. “La sífiles no mata a las víctimas porque si lo hace, no tiene donde comer”.
Numerosos estudios nos advierten sobre la creciente crisis de soledad que atraviesan muchos ciudadanos en las democracias occidentales. La soledad se adueña de personas más proclives a emociones fuertes como la ira y el resentimiento y más vulnerables a los proyectos de eliminación.
En las naciones más ricas del planeta, los diagnósticos de depresión, ansiedad y trastornos de la atención están en constante crecimiento. Cada vez se recurre más a psicofármacos para enmascarar el problema. En esta sociedad altamente desarrollada, el sobrepeso se ha convertido en una enfermedad de los pobres. Los trastornos digestivos, los suicidios, las autolesiones, son cada vez más frecuentes entre los jóvenes.
La soledad puede servir para preguntarse sobre la vida. En el cautiverio, Múgica consideraba la rectitud de su vida. “Tuve que repensarlo todo y aprender a galopar hacia adentro por momentos, para no volverme loco”. Los programas de los partidos políticos, también de izquierda, consisten fundamentalmente en crear ruido, en alejarse de la soledad constructiva.
En el corazón de las democracias desarrolladas, son muchas las personas que experimentan una desconexión del mundo real, un vacío existencial difícil de encontrarle una solución creíble. Esa misma desconexión se refleja en el aumento de trastornos de la conducta. Más allá de los indicadores clínicos reflejan una fractura del tejido social que sostiene la vida en común. Se disuelve no solo el lazo social, sino también el significado de ser persona y no solo un número en el engranaje social. Decía José Mújica, “los hombres no son solo ideas, somos sentimientos. Quererse de cerca debería estar recomendado en las academias de la diplomacia”.
La soledad es más bien un síntoma de una enfermedad de la sociedad que condiciona la política democrática. Facilita el populismo y el totalitarismo, el aislamiento del individuo dentro de la sociedad de masas, diluye los vínculos sociales y con ello la capacidad para elaborar iniciativas y resistencias. Así el individuo sin vínculos sociales es terreno abonado para la manipulación. La atomización transforma en masa al individuo. Nuestra individualidad no se pierde por exceso de comunidad, sino por su ausencia. Porque el mundo en común, el espacio público nos conecta y nos separa al mismo tiempo, nos permite ser “alguien” ante los “otros”.
En la “tribu” los individuos están comprimidos, aislados. Son meras agregaciones de personas que han perdido su capacidad de actuar juntos o de organizarse alrededor de un interés común. La soledad genera angustia. La tribu-masa ofrece un “locus social”, que nos motiva a pensar en el bien común. El poder puede motivarnos a penar en los otros y hacer que ellos adquieran un significado para nosotros. Soledad significa además de estar solo físicamente estar desconectado de la realidad. Ambos procesos, juntos refuerzan el efecto devastador del habitar en la “tribu-masa”. Una sociedad desarraigada, acrítica. Se dan las condiciones previas para el totalitarismo en cualquiera de sus formas.
La soledad y el aislamiento son el clima propicio para la destrucción de la persona. La TV. Es el instrumento más eficaz para generar soledad. Abre una brecha entre la realidad objetiva y la realidad manipulada. El mundo que habitamos y recreamos no es una emisión de Gran Hermano. Es más bien un modelo condensado, destilado, podría decirse que es un laboratorio en el que se experimentan ciertas tendencias de la realidad y se ponen a prueba para hacer visible todo su potencial. H. Arendt señaló que los campos de concentración “no estaban pensado sólo para examinar gente y degradar a los seres humanos, sino que además eran parte de un horroroso experimento que consistía en eliminar, bajo condiciones científicamente controladas, la espontaneidad misma como expresión del comportamiento humano, y en transformar la personalidad humana en una mera cosa (...) Solo en los campos de concentración se hace posible ese experimento”. La soledad es una condición social previa para el totalitarismo. La soledad de nuestra sociedad es más psicológica, más tecnológica y más silenciosa. La soledad encuentra su clima en la sociedad del desprecio, en la sociedad del desconocimiento del otro.
Moncho Ramos Requejo
(Maceda)
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