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La escalera del avión
Ya hemos sido discriminados por la mayoría heterosexual como para que ahora, homosexuales, tiremos piedras sobre nuestro tejado. Y es que, por sorprendente que parezca, existe la homofobia en nuestro colectivo: homofobia internalizada. Hay una aversión, bastante extendida, hacia los hombres que tienen un comportamiento “femenino” y las mujeres que tienen un comportamiento “masculino”. A ellas se las tacha de “marimacho” y a ellos de “loca”; y sí, dentro y fuera del colectivo.
Alguna vez han tratado de halagarme diciéndome que “no parecía gay”. Desconocían, claro, lo que había detrás de mi persona: “bullying” en el colegio y represión en un pueblo que, pese a ser hermoso, no estaba preparado para aceptar mi orientación sexual.
Ingenuo, o superviviente, observaba a otros niños para imitar sus posturas y andares, me obligaba a no cruzar las piernas o imitaba la voz del protagonista de la serie de turno porque la mía era, según mis compañeros, “de marica”.
Hoy, a mis 26 años, lucho para sacarme esos pesos de encima. Trato de aceptarme y dejarme crecer en un terreno que sólo superviso yo. Si alguien se acerca, le pido con mi voz dulce -que ya valoro- que se dé media vuelta.
Me apena que personas del colectivo LGBT+, probablemente discriminadas en el algún momento de su vida por su orientación o género, se segmenten y lleguen a rechazarse por plumofobia, racismo, gordofobia, transfobia, etc.
No nos lo pongamos más complicado. Hagamos piña, aceptémonos, seamos valientes y vivamos libremente.
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