La Región
La "buena fe" de los herederos de Franco
CARTAS AL DIRECTOR
Se acercan las entrañables fechas navideñas, esos días en los que el corazón parece latir más despacio, al ritmo de los abrazos y los recuerdos compartidos. La cercanía de los seres queridos se siente más fuerte que nunca: las risas, las sobremesas eternas, los cánticos que traen al presente a quienes ya no están.
Quizás esta Navidad sea un poco diferente. En muchos hogares, los platos llegarán preparados del supermercado o de algún restaurante, y el móvil, inseparable testigo, inmortalizará cada brindis y sonrisa. Aun así, el espíritu sigue ahí, intacto, entre las luces del árbol y la ilusión de los niños que esperan su regalo con los ojos brillantes.
Porque la Navidad, en el fondo, no está en los platos ni en las luces: está en la gente, en los recuerdos y en lo que aún late dentro de nosotros.
Por supuesto, el querido cuñao no faltará -porque el día que no esté, el silencio pesará más que cualquier villancico-. Afuera, las luces que adornan calles y avenidas nos recuerdan que, pese al paso del tiempo, seguimos necesitando un motivo para reunirnos, compartir y querer un poco más.
Año tras año, las celebraciones cambian. Ya no está el caldito casero de la abuela, ni la prisa por tenerlo todo a punto antes de que lleguen los invitados. Pero en su lugar aparecen nuevos gestos, nuevas formas de hacer familia, nuevas maneras de decir te quiero. Tal vez los repartidores trabajen más, y las pantallas sean protagonistas, pero el calor de un “felices fiestas” dicho con el alma sigue siendo el mismo.
Porque la Navidad, en el fondo, no está en los platos ni en las luces: está en la gente, en los recuerdos y en lo que aún late dentro de nosotros.
Feliz Navidad, con o sin platos preparados.
Pedro Marín Usón (Zaragoza)
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