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“Ser o no ser, esa es la cuestión” (Célebre frase con que “Hamlet, el príncipe de Dinamarca” inicia su monólogo en la obra de Shakespeare, 1603).
Reconozco que siempre he sido y soy lo que vulgarmente se conoce como “duro de mollera”. En la actualidad, abundan lenguajes en boca de políticos y en medios de comunicación, sean convencionales o digitales, que se me antojan crípticos. Según los expertos en lexicología, son lenguajes que escapan al entendimiento de muchos y solamente asimilables por unos cuantos pocos. Estas mis indoctas parrafadas vienen a raíz tras las ingentes manifestaciones que se publican en defensa de la actual Monarquía española. Entre las muchas adjetivaciones con las que se la apellidan está el que es una Monarquía Constitucional y Parlamentaria.
Más, hete aquí, que leo en este periódico a un articulista, de quien desconozco si se dedica o no a la política, que redacta unas frases, que se me antojan cripticas. “Y no soy monárquico, ni creo en reyes ni vasallos. Pero si creo en la actual monarquía parlamentaria”… “Aunque no soy monárquico, si defiendo una Monarquía Constitucional, y lo que parece un anacronismo, es únicamente sentido común”. En suma, defiende una Monarquía Constitucional Parlamentaria. Desde el siglo XIX en España las monarquías se asientan en textos constitucionales, y todas aquellas restauraciones monárquicas convivían con un parlamento, en el que se turnaban dos distintas ideológicas formaciones políticas. El anterior absolutismo desapareció en Occidente bajo la guillotina de la Revolución Francesa en el siglo XVIII. La Historia ya juzgó a aquellas nuestras Monarquías Constitucionales y Parlamentarias anteriores.
Se es o no se es monárquico. No se puede estar en misa y repicando al miso tiempo. Que estamos en una monarquía constitucional es cierto. Aparece como una forma de Estado en la Constitución de 1978. Pero tengo mis dudas respecto si es parlamentaria o no. En mis viejos apuntes de la materia “Derecho Político”, llamada también, “Derecho Constitucional”, se decía que una Monarquía Parlamentaria, stricto sensu, era aquella en la que el Rey ejerce la función de Jefe de Estado “bajo el control del Poder Legislativo (Parlamento) y del Poder Ejecutivo (Gobierno)”. Y lo que siempre he constatado es que ni el Parlamento ni el Gobierno han hecho control alguno sobre los actos de la Monarquía, con la complicidad de ciertos medios de comunicación. Esto sí es un anacronismo propio del absolutismo. En doctrina política, la Constitución de 1978 es un ejemplo de aquellas “cartas otorgadas” de un monarca a su pueblo. Yo no soy monárquico ni por accidente. Y mi sentido común me dicta creer en los valores republicanos. Y dentro de éstos está en no responder a aquellas descalificaciones gratuitas que el articulista vierte a quienes no se consideran como él “monárquico sin ser monárquico”. A veces, lo que esconde un lenguaje críptico son elementos propios de gramática parda.
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