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Javier Mariscal, el arte de comunicar con el diseño
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Quizá porque de niño prefería el dibujo a la palabra para comunicarse, Javier Mariscal (Valencia, 1950) se convirtió en un maestro de la expresión visual a través de su obra gráfica, sus esculturas, sus pinturas, sus diseños… Cincuenta años después de iniciar su andadura en el mundo del cómic, de haber creado personajes como Los Garriris o iconos como Cobi, sigue en la brecha, dándole a sus diseños y creaciones ese doble carácter de objetos de arte y de comunicación.
Pregunta. ¿Cuál fue el origen de su pasión artística?
Respuesta. Vengo de una familia muy numerosa, tengo muchos hermanos, todos sabían leer y escribir, pero yo no y me sentía fatal así que lo que hacía era dibujar. Y no solo me lo pasaba muy bien dibujando, sino que además empecé a entender la vida a través de los dibujos. Recuerdo que mis padres se habían traído de un viaje a Andorra la típica cafetera italiana con muchas facetas y yo la veía y parecía que estaba diciendo “dibújame, dibújame”. No paraba de dibujar la cafetera y cuando ya la tenía muy dibujada me dije “ya la he aprehendido, ya la tengo”. Y a partir de ahí comencé a dibujarlo todo.
P. ¿Y así fue cómo decidió dedicarse al dibujo y al diseño?
R. Yo me lo pasaba muy bien dibujando y para cuatro días que pasas en esta vida, pensé que lo mejor era divertirte. Luego llegó esa fase en la que había gente que te decía, “me gustan mucho tus dibujos” y empezaron los encargos. Pero nunca tuve una planificación en la que tomase la decisión de ser o hacer algo concreto. Yo quería hacer cine, quería ser poeta, hacer teatro, correr en bici, pero lo que hice fue seguir dibujando y me fueron pagando por esto y al cabo de un tiempo dices, “bueno, pues yo soy artista visual”.
P. Se fue a Barcelona con 18 años, ¿para estudiar?
R. Sobre todo, porque Barcelona olía a imprenta. Yo lo que buscaba era imprimir, me interesaba hacer obra gráfica, la impresión. Me puse a estudiar diseño, que no sabía muy bien qué era y lo bueno que ocurrió es te encuentras con marcianos como tú a los que también les interesa lo mismo. Yo creo que la escuela fue para lo que más me sirvió. Tuve la suerte de que en ese momento llegó una nueva tecnología que nos cambió la vida, una máquina que se llamaba Rank Xerox. Ibas con un dibujo y te hacía copias perfectas, que podías vender en la calle, o en los bares y con eso te podías comer un bocadillo. Y empecé en cómic. Éramos una especie de comuna y nos llamábamos “El Rrollo Enmascarado”. Y estuve en Barcelona hasta que nos fuimos a Ibiza, porque nos perseguía la policía. Cuando murió Franco, volví a Barcelona. Luego estuve en Inglaterra, en Nueva York, donde conseguí trabajo, tuve la suerte de ser muy amigo de Art Spiegelman, un gran dibujante de cómic. Pero yo quería volver a Barcelona porque me daba cuenta de que estaban pasado cosas muy interesantes, y regresé.
P. Luego llegó su etapa en El Víbora, con los Garriris.
R. Sí. “El Vibora” ya era un cómic legal, se vendía en quioscos. Y en esa época empezaron a llegar encargos. Una tienda, que me pedía que les diseñase una bolsa. Y una bolsa es un elemento de comunicación muy potente. Luego llegó alguien que me dijo, “me encantan tus dibujos, ¿por qué no me haces un bar?” y yo no tenía idea de obras, ni de albañiles, ni de nada de eso. Lo mío era dibujar. Entonces acababa de conocer a un interiorista que se llama Fernando Salas que sabía mucho y le pedí que me ayudase, y acabé diseñando el bar Dúplex, de Valencia, en 1980, y ahí me inventé el taburete Dúplex porque fuimos a comprar taburetes y me parecían todos una mierda. Y de ahí me llamó Ettore Sottsass, fundador del grupo Menphis Milano y empecé a diseñar muebles para empresas italianas. Porque el diseño existe no por los diseñadores, sino porque hay empresarios que creen en eso y ponen dinero y te encargan cosas.
P. He visto que tiene una colección de botijos.
R. Ahora estoy haciendo mucha cerámica. En realidad, siempre hice cerámica. Hace poco me encargaron un botijo en el Museo del Cantir de Argentona y a partir de ahí hice otros. También he trabajado mucho con la técnica musulmana del reflejo metálico, con Arturo Mora de Manises que es el único que queda haciendo esta técnica que se remonta al siglo X-XII y son colecciones maravillosas. Y en Avilés, con la cerámica negra y ahora voy a ir a Cádiz a trabajar con un ceramista que utiliza la misma técnica que hacían los griegos y voy a hacer una serie de cerámicas griegas, pero con mi estilo.
P. Además de su obra original, tanto en cerámica como en dibujo, sigue haciendo obra gráfica, con series limitadas.
R. Son impresiones en un papel de algodón buenísimo de William Turner, unas tintas alemanas que garantizan su calidad de impresión durante doscientos años, todo realizado en nuestro estudio, gracias a lo cual podemos dar un precio muy popular a una obra de gran calidad. Y están funcionando muy bien. Hay paisajes mediterráneos, rincones de ciudades, sobre todo de Barcelona, objetos. Me gusta dibujar todo lo que tengo a mi alrededor, ya sea Nueva York o una silla.
P. La obra gráfica ¿es una manera de democratizar el arte, de hacerlo accesible?
R. Por supuesto. Desde el principio me ha interesado hacer obra gráfica porque hay mucha gente a la que le gusta tu trabajo, pero no dispone de dinero para hacerse con una obra original. Y de esta manera se puede acceder a una obra súper digna, muy potente, que hay cien personas que comparten.
P. ¿Ha dejado Barcelona?
R. Voy a Barcelona un día a la semana, donde sigo teniendo el estudio, pero ahora vivo en el campo, entre Girona y Figueres. Gracias al teletrabajo nos mantenemos en constante comunicación, puedo trabajar desde casa, recibir y enviar cosas al estudio y además puedo hacer cosas manuales y más grandes porque tengo un taller grande allí, en una fábrica del siglo XIX. Pero también me gusta mucho trabajar una huerta, las plantas, recoger leña para luego quemarla por la noche y disfrutar de cosas que, además, son gratis, como la Luna, o cuando viene una tormenta. Hay mil cosas que se viven mucho mejor en el campo. En este sentido, no digo que no se viva bien en la ciudad, pero ahora vivo en el campo y puedo confesar que lo disfruto mucho.
P. Tiene 75 años ¿ha pensado en la jubilación?
R. No pienso en ello. Creo que no se puede perder la curiosidad, las ganas de hacer cosas por llegar a una edad. Sí que hay que aprender a envejecer, eso es importante. Y hay que hacer unos papeles para que cuando empieces a molestar a tus hijos y a tu familia puedas decir, hasta aquí, no quiero seguir molestando. Entiendo que haya gente que quiera seguir viviendo aunque sea en condiciones de total dependencia. Pero yo no, cuando llegue el momento, tengo una carta escrita para decir muchas gracias por el cariño recibido y gracias por este regalo. Nuestra madre nos dio un gran regalo que es la vida.
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