Recordar casi siempre: con esta Roja sí/i se puede/a

OPINIÓN

Hace unos días señalaba Juan Villoro en El País, a propósito del Campeonato de Fútbol del Mundo de 2026, que la Ilíada está en todas las canchas. Evocaba yo entonces alguna charla con el escritor mexicano cuando visitó mi departamento en la Universidad de las tierras de María (Maryland) hace una década aproximadamente, en torno al exilio de las Españas de 1939, la literatura, y en particular, el fútbol como fenómeno sociocultural.

Aficionados de la selección española celebra la victoria de España
Aficionados de la selección española celebra la victoria de España | Europa Press

Hace unos días señalaba Juan Villoro en El País, a propósito del Campeonato de Fútbol del Mundo de 2026, que la Ilíada está en todas las canchas. Evocaba yo entonces alguna charla con el escritor mexicano cuando visitó mi departamento en la Universidad de las tierras de María (Maryland) hace una década aproximadamente, en torno al exilio de las Españas de 1939, la literatura, y en particular, el fútbol como fenómeno sociocultural.

Coincide mi escritura esta mañana de 19 de julio con la final de este campeonato que se va a jugar esta noche en Nueva Jersey, Estados Unidos, país que conozco relativamente bien desde hace 56 años. A pesar del auge de la inmigración latina, mayoritariamente futbolera, o de la globalización que también toca a esta práctica deportiva, la final se jugará entre cierta indiferencia estadounidense. Por un lado, su equipo fue eliminado tempranamente, además, tras la zafia injerencia extradeportiva del presidente de la nación, lo cual afectó decisivamente al conjunto estadounidense cuyos jugadores, mayoritariamente formados en las ligas escolares y universitarias, practican un admirable fair play que suele dominar el resto de los eventos deportivos en aquel país. Por otro, y a pesar de la presencia del mito Messi en la liga estadounidense, los seguidores de este deporte se visten con las camisetas de los equipos de la Premier —sobre todo el Arsenal, Manchester United o Manchester City— o Barcelona y Real Madrid de la Liga española, y de equipos nacionales como Argentina, Francia o España, y no de la MSL, Major League Soccer, cuya némesis fundamental ya subyace en sus desentonadas siglas y menos afortunado nombre. El lenguaje nombra el mundo como recordaba Crátilo en su diálogo con Hermógenes, pero el cratilismo de segundo grado por el que las palabras buscarían una homofonía natural para confundirse con el mundo, desde luego no acompaña a la MSL. Se ha empecinado en un Destino Manifiesto como si fuera extensión de la supuesta diferencia que ha conmemorado con la cabeza gacha sus 250 años nacionales en la efemérides de 1776. Un signo como soccer, que además se puede confundir en inglés, por su proximidad alofónica con sucker —el que chupa con diferentes acepciones— jamás sustituirá la sonoridad casi onomatopéyica de football que el castellano más purista y desusado llegó a traducir por balompié hasta que se impuso el préstamo culturalmente natural de fútbol.

La final de este torneo se solapa con otro aniversario histórico, en este caso mucho más doloroso: el 90 aniversario del golpe de estado totalitario de julio de 1936 en las Españas que derivó en una guerra civil e internacional que hoy ya reconocemos como Guerra de España, un conflicto antecesor y laboratorio militar y político del último cataclismo planetario de 1939, y una dictadura exterminadora de casi cuatro décadas. En clave deportiva, no es baladí recordar que hace 90 años debían también inaugurarse en el muy estilizado estadio de Montjuic en Barcelona, la Olimpiada Popular que había reunido a atletas que protestaban contra la organización de los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936 como muestra del poder nazi. Fueron muchos de aquellos los primeros voluntarios internacionales que se unieron aquel 19 de julio en la ciudad condal a las milicias populares y a la Guardia Civil, leal a la Segunda República gracias a sus jefes, el general Aranguren y coronel Escobar, luego fusilados por el franquismo, para sofocar el levantamiento del general Goded. Mientras tanto, en Madrid, el pueblo asaltaba el Cuartel de la Montaña desde el que los golpistas del general Fanjul se habían hecho fuertes. Bajo sus desaparecidos rastros, las multitudes ajenas a aquella carnicería, contemplan hoy las puestas de sol velazqueñas, desde el parque del Príncipe Pío, a la vera del Templo de Debod, salvado de las aguas del Nilo, cuando la presa de Asuán. También divisan el palacio real, vacío en su simbolismo de los peores recuerdos de las monarquías de los Habsburgo –antiguo alcázar devorado por las llamas en 1734– y de los Borbones, lo cuales lo abandonaron repetidamente cargado de felonías - Carlos IV, Fernando VII, Isabel II y Alfonso XIII - que también se ciernen sobre el evasor de impuestos y rapiñador de patrimonio que reside hoy en un emirato del Golfo Pérsico, azotado por una nueva guerra iniciada por el huésped actual de la Casa Blanca.

Sabemos desde épocas antiguas (Mesopotamia, Mesoamérica, Grecia, Roma), y en particular, con la celebración de los Juegos Olímpicos helenos, que el deporte ha servido como fórmula, sobre todo incruenta de enfrentamiento, pero también de purificación. En la modernidad nacional, ha ido adquiriendo cada vez más las trazas del reflejo de cierto desarrollo económico hasta convertirse en industria y escaparate de servicios-espectáculo como la marca España. Su pujanza mueve ingentes sumas, inversiones y masas, como lo recordaba Ortega y Gasset en su casi centenario ensayo. Al talento natural de sus practicantes, hoy finalmente de ambos sexos, se tiene que unir para triunfar una planificación e infraestructuras, entre ellas las farmacopeas “dopantes” que potencien casi transhumanismos performativos y mentales. En ese sentido, el deporte español post 1978 ha servido (Campeonato Mundial de Fútbol de 1982 y 2010 y Juegos Olímpicos de 1992) como fuente de identidad unitaria que sobrepasa conflictos territoriales internos, a pesar de las reclamaciones de algunos catalanes, gallegos y vascos a favor de federaciones deportivas propias. El campeonato norteamericano de 2026 jugado mayormente en territorio de ese innombrable presidente frente a la minoría de encuentros en suelo canadiense y mexicano, también puede reflejar el fracaso de la política antiinmigración latina de la administración reaccionaria de Washington, ya que a la final han llegado dos equipos que muestran parte de ese yin y yang migrante del S. XXI. Argentina, cuyo equipo está plagado de jugadores captados por las ligas europeas, o con Messi en la estadounidense, y con una interminable diáspora nacional a pesar de sus riquezas naturales que se reflejan en cierta autodestrucción y corrupción permanentes, simbolizadas hoy por el histriónico Milei. En España, dos de sus máximas figuras, Iñaki Williams y Lamine Yamal, proceden de familias de la diáspora africana, juegan en el Athletic y el Barcelona, y hasta el último es de religión islámica. Lo cual no es óbice para saber que, en el territorio argentino, se barrió en el XIX a los indígenas, o que el imperio español en las Américas no fue solo eso de lo que se jactan las María Elvira Roca Barea y tergiversadores políticos de VOX y alrededores de la derecha carpetovetónica española. 

Al fin y al cabo, y por unas horas o días, si la selección de esas Españas diversas, esa Roja de múltiples símbolos coloristas, logra esta noche corroborar los pronósticos de la lógica de su mejor juego, se reafirmará el sentimiento de una cierta identidad plural que logra colectivamente reunir el talento con el esfuerzo y los medios. Estos también se plasman en una socialdemocracia pacífica, pacifista y relativamente abierta a la inmigración, con un sistema sanitario universal, en general envidiable, una política energética verde eficaz a pesar del gran apagón, y una educación pública accesible para la mayoría. Todo, sin minimizar los problemas de vivienda, falta de expectativas para los jóvenes, amenazas políticas ultras, o corrupción política en el bipartidismo, entre otros problemas. Y una contienda memoriosa en torno a estos 90 años de 1936 que debiera haberse refugiado hace tiempo en los debates históricos de no haber sido por la incapacidad bipartidista para exhumar víctimas de aquella violencia, y consensuar sus conmemoraciones y recuerdos. En ese sentido, Nietzsche nos advertía sobre la importancia de un cierto olvido crítico para la vida sana.

Este Mundial, en el que a veces, al estilo de Juan Villoro, uno añora el juego limpio del fútbol femenino que bien muestra la Roja, para el que de nuevo La Masía ha sentado cierta cátedra, uno de los finalistas este domingo ha propuesto también, por lo menos, algo del ballet de "El lago los cisnes", aunque sus Nuréyev-Lamal-Williams no hayan bailado sus mejores noches, y muchos esperamos que la compañía acompañante con Rodri-Benno este domingo no entone su desgarrado canto al llegar a la orilla, y nuestra Odette-Margot Fonteyn no acabe trágicamente como en el ballet de Tchaikovsky ... Como también queda lejísimos el 2-1 de aquel Mundial de 1966 a favor de Argentina contra España, mi partido iniciático y de hábito decepcionante de un mundial, y en blanco y negro en casa de Óscar Ladoire - no tendríamos tele hasta que no la hubiera en relieve, que decía mi caustico padre -. Por mayor motivo, deseamos los espectadores ya clásicos que Ulises y los suyos transformen cualquier recuerdo histórico o balompédico de nuestra sangrienta Iliada en una Odisea actual en la que se pueda imponer la plural belleza del balón del canto de las sirenas a las tramposas Circes y los horrendos Polifemos, y su platónica bondad retorne a su Ítaca peninsular de la que zarpó en 2014, para así recuperar la segunda “buena” estrella que brindará la Penélope de Joan Manuel Serrat "con sus zapatos de charol y su vestido de domingo". Además, esta sabe y se conforma hoy con que aquel que vuelve no es el que la ilusionó en 2010 y sí "a quien espera". Que no veamos al final de este itinerario mundial a Alonso Quijano, quien solía acompañar derrotado tras la playa de Barcino a aquella Roja de la infancia de la dictadura con sus secuelas "de la furia española, y a mí Sabino el pelotón que los arrollo" de los JJ.OO.  de Amberes de 1920, que esperamos se reencarne ahora en el equipo de la Argentina del encantador Festón-Messi a la grupa de muy resabiados rucios en vez de hacaneas, para que "juegue como nunca y pierda como (casi) siempre".

Además, quisiéramos solazarnos al cerrar la tapa de esta nueva aventura balompédica, con el traspié, por lo menos durante un incómodo rato y recto colofón Urbi et Orbi de encantadores y malandrines de la FIFA et adláteres, y quedarnos con el sabroso recuerdo de los Sanchos del sentido común del Marco Aurelio de la Fuenteovejuna frente al comendador, que lee Luis de la Fuente en su Ínsula Barataria, y cuya lección, como la de las ninfas, comparte con los suyos, los cuales también afirman como el adverbio sí y desean como la conjunción si (ojalá) ser pastores de Ovidio en nuestra Arcadia común. Y así recordar casi siempre: con esta Roja sí/i se puede/a.

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