Lola Hermida, la emigrante que regresó para gozar la música

VOCACIÓN SIN LÍMITES

A sus 69 años, Lola Hermida recupera su pasión por la música y la creatividad tras una vida marcada por la emigración y las limitaciones impuestas a las mujeres, tocando el acordeón y aprendiendo nuevas disciplinas en O Carballiño

Lola Hermida, en el salón de su casa, con algunos instrumentos: el acordeón, la pandereta y las cucharas.
Lola Hermida, en el salón de su casa, con algunos instrumentos: el acordeón, la pandereta y las cucharas. | Martiño Pinal

Lola Hermida (Abelenda, Avión, 1957) lleva la música consigo desde niña. Hoy, a sus 69 años, Lola está haciendo todo aquello que durante buena parte de su vida se vio obligada a aplazar. Toca el acordeón en un grupo de Celanova y en otro de Pontevedra, y es una de las integrantes del grupo de pandereteiras del centro sociocomunitario de O Carballiño, donde reside desde 2021, en un piso que heredó de una de sus hermanas. Su faceta musical convive con la poesía, las manualidades y su inagotable deseo de aprender; el mismo que ahora le permite dar rienda suelta a una creatividad latente.

Ella misma lo admite: “Si hubiera tenido oportunidades para dedicarme a ello, yo hubiera sido una artista”. De pequeña, quedó prendada al ver llegar a su pueblo a las bandas tradicionales que amenizaban las fiestas y se prometió que algún día aprendería a tocar como aquellos músicos lo hacían. Cumplió su promesa. Órgano, acordeón, pandereta, cucharas y flauta dulce son algunos de los instrumentos que forman parte de su repertorio particular. Pero sus aficiones no se agotan en lo musical: “He sido maestra de manualidades, puedo ser diseñadora de jardines y soy poetisa. Pienso que Dios me ha dado mucha capacidad para muchas cosas”, enumera. Luego ríe y pone un límite a su propio catálogo de habilidades: “El único don que no me ha dado es saber pintar”.

Tiene varios intereses, pero la música parece venirle de serie. A ella y a su único hermano varón los llamaban “los niños cantores del pueblo” por la potencia de sus voces. Los vecinos se lo repetían a su madre: “Leonisa, cuando tus hijos cantan suenan como si salieran de la radio”. El talento estaba ahí; lo que siempre faltó fue la oportunidad de convertirlo en profesión.

Creció en una época que imponía límites a las mujeres, pero ella mantuvo intactas sus ganas de aprender

Siendo la hermana del medio de una familia de siete hijos, Lola afrontó su primera emigración a los 18 años, con destino a Alemania -residía allí una de sus hermanas- porque “la vida en los pueblos era muy precaria; en el campo no vivíamos con muchas abundancias”. Su estancia duró cinco meses antes de trasladarse a Suiza, país en el que pasó los siguientes 18 años trabajando en un hotel, entre la lavandería, la cocina y las habitaciones, aprendiendo italiano y planteándose la posibilidad de quedarse. Pero Galicia seguía tirando de ella, y unas vacaciones en su tierra natal cambiaron su rumbo: “Con 21 años conocí a mi exmarido, me casé y marché a vivir a México, donde él llevaba siete años con sus negocios”. Comenzaron entonces 43 años lejos de casa, durante los que construyó buena parte de su historia vital en Guadalajara, con la ilusión de crecer tanto en lo personal como en lo profesional. “Tenía ganas de aprender y de trabajar”, recuerda con cierta melancolía, consciente de que en aquella época pesaba una idea muy arraigada en la sociedad: que el lugar de una mujer estaba exclusivamente en la casa.

Un nuevo camino

México todavía se le escapa a Lola en la voz. Su acento coquetea con el seseo y, de vez en cuando, entre el gallego aparece un “ándele pues”, huella del cariño que conserva por aquel país. Junto a esos recuerdos permanece otro, mucho más áspero: el de una sentencia que la condicionó desde su llegada: “No pondrás un pie en los negocios. Ni tú ni ninguna mujer”.

“Por mucho que quisiera participar de ellos, me fue imposible. Así que toda la vida me dediqué al hogar”, relata. Aun así, admite que nunca se quedó quieta, en su empeño por dar salida a sus intereses. Su curiosidad siempre hallaba una rendija por la que abrirse paso. La música fue una de ellas y encontró su primera forma de expresión en un órgano que recibió como regalo, después de enamorarse de su sonido al escuchar practicar a una vecina. Pasó horas aprendiendo a tocarlo, mientras otros instrumentos ocupaban sus vacaciones anuales en Galicia. “Jamás me frené a mí misma”, dice. “Sigo teniendo entusiasmo por descubrir lo que tanto he querido hacer y no pude cumplir”.

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