Xabier R. Blanco
CLAVE GALICIA
Portero de noche
Cuando te enfrentas a un espejo tienes, al menos, tres maneras diferentes de mirarte. Una, fijándote únicamente en los defectos. Otra, ensalzando exclusivamente las cualidades que te devuelve la imagen. Y una tercera, aceptando las luces y sombras que conforman el todo. Frente a ese reflejo puedes también dar prioridad a las voces que te critican, a las que solo te adulan o elegir escuchar a las que te aceptan tal como eres.
Son las mismas opciones que tienes cuando decides mirar el país en el que vives. Optar por pensar que es superior a cualquier otro, decidir que es el peor del mundo o aceptar la alternativa más ajustada a la realidad: que no es ni lo uno ni lo otro.
Y que, por mucho que nos lo griten, no está dibujado en blanco o negro. Son incontables los colores que le dan forma. Por eso, a veces, resulta reparador parar la mirada en las luces que generamos.
España alcanzó el pasado año 6.464 trasplantes y con ellos encadena 33 años como líder mundial. La tasa de donantes en este país es de 52,6 por millón, la mayor del mundo. Muy por encima de países como Francia (27,6), Suecia (25,2) o Alemania (11,6), por poner solo algunos ejemplos. Y eso no es cualquier cosa. Ni tampoco que no importe la condición social, económica, o cultural del receptor. Ni la raza, ni la religión, ni el sexo. Nuestro sistema sanitario público y universal concede las mismas oportunidades a quien necesite un órgano para seguir vivo, siguiendo únicamente condicionantes médicos. Podríamos hablar de la ejemplar Organización Nacional de Trasplantes, de los miles de profesionales involucrados, de las horas de quirófanos y formación, de la investigación e incluso de cuestiones económicas.
Pero un trasplante también se puede medir bajo otros parámetros. En generosidad y solidaridad. La que demuestran los donantes y/o sus familias en momentos de tanta dureza.
En abrazos y besos. Todos los que pueden ser dados y recibidos en la prórroga de vida que regala un órgano nuevo. En risas compartidas que saben a estreno. En cumpleaños nuevos con velas luminosas de esperanza. En descubrimientos ilusionantes de las cosas más pequeñas que habían quedado olvidadas. En momentos únicos que ya no sabrán a ausencia. En miradas cómplices que han recuperado el brillo de unos ojos apagados. En lágrimas de emoción que han dejado atrás el sabor más amargo.
Así se pueden contar los 6.464 trasplantes que, gracias a 2.562 donantes, han devuelto a la vida no solo a la persona enferma, si no también a quienes han transitado con ella por el miedo y el sufrimiento. Es importante que mantengamos esta imagen resplandeciente en el espejo y que la miremos más a menudo. Quizás no seamos tan mal país.
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