José Luis Gómez
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COSAS QUE CONVIENEN
1 Practicar la inactualidad. Y no cruzar pensamiento con el chorro de la sobreinformación, que es una evasión narcótica que ocupa todo. Darle la espalda a tanta maldad encendiendo en el corazón la esperanza, que es todo lo contrario a la huída viciosa de la hipernoticia.
2 El gato que toma el sol. Al verlo, uno piensa que el gato, como el planeta, es también un ser pleno, con la panza llena de la digestión de todos los cuerpos que guarda dentro, tostándose con la radiación atómica de la estrella vital.
3 Sentir llover sobre el tejado. Y agradecer que nuestro aislamiento sea tan sutil como para no separarnos del cielo. Y así, sabiéndonos dentro y a la vez fuera del chaparrón, alegrarnos de estar calientes y secos sin olvidar a las demás criaturas que combaten la intemperie en este mismo valle.
4 Cuando te regalan fragilidad. Y en esa emoción maravillosa, humanísima, uno siente que la vida está atravesada de una materia sagrada y que es un privilegio sabernos descarnados ante los vientos del mundo. Es ahí, en la debilidad, cuando nos reconocemos semejantes. Y no hay mayor consuelo que reconocerse semejantes.
5 Algo que te arregla la cena. Recordar que aún queda pan en la talega, un ajo incorrupto en la ristra y, quizá, un huevo en la cesta. Resolver una sopa equilibrante y comprender que, en la cocina y en la vida, con poco es suficiente.
6 Que enraíce el pequeño abedul. Y pensar que en esta jardinería insignificante está la promesa de un bosque. Que vendrán humanos taladores (no seamos ingenuos), pero que esta pequeña familia será capaz, con la ayuda del arrendajo y la brisa, de caminar hacia la eternidad.
7 Perderse por un camino nuevo. Al que llegaremos siempre por haber dado espacio a la despreocupación y la sorpresa. Avanzar con la gratitud cuando todo es nuevo y recibir al mundo con ojos de niño, como si todo sucediera por primera vez, que es en realidad como suceden las cosas.
8 La bacteria del suelo. Que se activa con la lluvia última y trae al aire su fragancia de tierra evaporada. Detectarla desde nuestra pequeña percepción humana es un milagro evolutivo y el gran recuerdo de que el agua es la sustancia donde habita dios.
9 El conejo de culo blanco. Que se aparece desde la cuneta y corre en zigzag delante de nuestra rueda. Él es lo último de esta vida silvestre que hacemos callar con pistoleros, carreteras y aliexpreses. Pasado él vendrá el silencio y después el colapso. Por eso la lagrimita al verlo.
10 Los afectos espontáneos. Encontrarse con un viejo amigo e intercambiar la actualidad familiar. Ejercer de vecino identitario y desear todo lo mejor para el clan vecino. Sentir cómo repara el afecto y la conexión nuestros tejidos interiores.
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