Jaime Noguerol
EL ÁNGULO INVERSO
Esperando a los coches de la policía
LA OPINIÓN
Era uno de mis primeros partidos en Primera Regional y me fui a casa acontecido. En la primera parte le abrí la ceja derecha al delantero del Quins; en la segunda, la izquierda. En ambos casos, falta al portero por desestabilizarlo en el área pequeña en la disputa del balón. Más allá de las innumerables tardes en las que fui villano, aquel incidente me llevó al pozo. Me mostró esa realidad del arquero “mártir, paganini, penitente o payaso de las bofetadas” que dice Galeano. Y tiré aquellos guantes salpicados para desprenderme del nubarrón de autodesprecio, culpa y repulsión que se quedó a vivir en mí.
En 1898, Émile Zola escribió una de sus mayores obras. La epístola “Yo acuso” sirvió para defender al capitán Dreyfus, acusado de traición e injustamente condenado a cadena perpetua en la temida isla del Diablo. El escrito consiguió reabrir el caso y demostrar la inocencia de Dreyfus que fue repuesto en el Ejército en un hecho sin precedentes. Porque a Dreyfus lo habían sentenciado por judío.
Desde las 8 de la mañana del martes 3 de noviembre, el fútbol español vive en un oscuro pantano. La muerte de Jesús de Miguel tan zagal, tan veloz, tan enchido de gol, es un oxímoron que nos iguala a todos ante la inapelable muerte, pero de la forma más cruda. A los futbolistas que salen por televisión también les suceden tremebundas desgracias. Porque que un corazón sano reciba un impacto letal en un intervalo de 10 milésimas de segundo no es otra cosa que una maldita fatalidad.
El tiempo empleado en el escarnio inútil e inaceptable se lo hurtáis a la valiosa e indispensable información que puede salvar vidas en un país que suspende en emergencias.
El portero que golpeó con la rodilla el pecho de la víctima en el fatídico choque, Jesús Owono, sobrevive a “los días más difíciles” mientras una marabunta lo señala y pide su cabeza. Un linchamiento, una lapidación en el ágora que camufla el motor de muchos de los palos: el odio racista. Jesús cerró sus redes ante la avalancha de insultos, pero la vesania bulle de tal modo que muchos han atacado a degüello el perfil de Michel, otro jugador de un club de Tercera RFEF, que comparte el apellido Owono y el color negro de su piel con el guardameta del Andorra. “Asesino. Hijo de puta. Negro de mierda. Desgraciado. Criminal. Fuera de nuestro país. Bastardo. Musulmán tenía que ser. Mono”. España es esto y nuestra simpleza, humillante.
A los bárbaros: antes de vejar a cualquier humano que cumpla condiciones que, a vuestro juicio, lo hacen diferente, deberíais preguntaros si sabéis manejar un desfibrilador o, cuando menos, hacer una RCP. El tiempo empleado en el escarnio inútil e inaceptable se lo hurtáis a la valiosa e indispensable información que puede salvar vidas en un país que suspende en emergencias. Y con una investigación judicial abierta para esclarecer los hechos, dejadme deciros que veo más delito en vuestros insultos racistas que en una de las jugadas más absolutamente desgraciadas de la historia del fútbol.
Demi ya no está. Se ha ido en uno de esos guantazos inextricables de la vida. Ahora estás leyendo el periódico y quién sabe mañana o dentro de unas horas. Es una putada incatalogable. Un vacío que devora las entrañas y ni aplacan todas las condolencias del planeta. Esos padres, esa hermana, esa mujer, esa hija. Cuánto dolor para querer sumar todavía más dolor.
Es en esos momentos luctuosos cuando revolotean los buitres. España tiene demasiados problemas como para hacer de una terrorífica desdicha, otro. Cuanto más nos alejamos de la gente, más alimentamos la alienación, el ego. Y se muere un poco más una sociedad que ha vuelto a juzgar a Dreyfus por judío. Porque si Jesús se apellidase García y fuese blanco, otro gallo cantaría.
@jesusprietodeportes
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