Esperando a los coches de la policía

EL ÁNGULO INVERSO

Publicado: 08 nov 2026 - 07:10
Opinión en La Región.
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Cielo santo, portentosa. La persigue la fama de ser una mujer fría, pero el jueves, hermano lector, todos los que estábamos allí padecimos de incendio de corazón. La acompañaba su madre, Michiko, teclista que nos regaló unos solos literalmente deliciosos. Como si entre ellas, madre e hija, no se hubiese roto el cordón umbilical. Todo muy familiar. Al otro lado, su padre, el bajista Robert “Pee Wee”, rotundo, secundando el show.

Ay, hermano, al fondo, un batería contundente. En un par de feroces solos parecía invitarnos a subir a la barca de Caronte, cruzar el Aqueronte, el río de la aflicción, hacia el reino del Hades. Allí, según los griegos, Cerbero, el perro de tres cabezas, recibe nuestras almas.

Comenzó Judith Hill al piano con el soul. A la guitarra transitó hacia el blues. Te digo, escuchamos las voces de los esclavos en las plantaciones de algodón en el delta del Misisipi. Rapeó como una poeta beat. Narró historias de pasos perdidos en la noche. Habló con fervor de sus padres. En Dame de la lumiere recuerda también a su abuela: “1953 en Mobile, Alabama, ella era una joven madre negra trabajando duro para poner comida sobre la mesa para siete hijos pequeños.../ Diamante brillando en la noche./ Ella es una dama de la luz”. Judith nos dio sus señas de identidad: “La vida es un viaje, no un destino”. Con qué autoridad sonó su guitarra Gibson al evocar al viejo Lou Reed en Walk on the wild side. Nos llevó también de paseo por el funkie hacia el blues del siglo XXI.

Tengo escrito que Auria es puro blues. El lleno siempre está garantizado. Cierto, en ninguna otra ciudad del mundo tienen como libro de cabecera uno tan hiriente y maldito como A esmorga: la obra del un poco olvidado Blanco Amor. Los tres personajes, Cibrán, Bocas y Milhomes, recorren las viejas calles y tugurios hacia un final aciago: puro blues. No hace tantos años. Cuando la niebla cubría esta ciudad, las lecheras bajaban con sus cántaros y, cuenta la leyenda, se detenían al lado del Miño para orinar en ellos. Afirmaban que le daba más fuerza y mejor sabor. Tal vez sea cierto. Puro blues.

Vieja verdad, esta ciudad muestra su herida en el rostro cuando siente el latido de Calpurnia Abana. Hasta el personaje de Carrabouxo es puro blues. Ay, por estas calles empedradas abundan pedigüeños, tipos desquiciados. En tiempos tuvimos el mejor psiquiátrico de España, creado por el doctor Cabaleiro, decía él, siempre a rebosar.

Al salir del concierto alguien me dijo: “Me recordó a Janis Joplin”. Judith también transitó por Ray Charles, Rory Gallagher e incluso rescató algún inolvidable riff de Jimmy Hendrix. Ay, también asomó al escenario Stevie Wonder. Todo terminó con la apabullante Jammin’in the basement. Ya sabes, un himno, una canción sobre la alegría de los músicos, al unirse para una jam session. Undergound. Dice un verso: “Estamos improvisando en el sótano/ durante toda la noche,/ esperando a los coches de la policía”.

Es de agradecer. Una banda de este calibre llega a una ciudad perdida del sur de Europa y nos entrega lo mejor de sí misma. Ya decía Artaud: “Solo es artista el que da”.

(No está de más decirlo, un regalo del Teatro Principal. Te invito a que veas “A 20 pasos de la fama”, un documental que cuenta su historia y la de otras cantantes que, como ella, acompañaron a grandes estrellas”).

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