Carlos Risco
COSAS QUE CONVIENEN
En el amor
Desde que el móvil devino en smartphone, las fotografías nacen por inercia, inmortalizan la estupidez y la futilidad de cada milésima de segundo de nuestras vidas. Pero de vez en cuando capturan instantes condenados a convertirse en documentos históricos, cuyos secretos se desclasifican por sí solos. La foto del pacto de la Alameda es el ejemplo perfecto. Aquella instantánea apresurada, cargada de cutre euforia, y tomada a las puertas de la investidura ourensana de 2023, pertenece ya a esa pequeña iconografía provincial, a la que el tiempo ha ido quitando el velo.
Allí estaban, como tratantes que cierran la mejor venta del año, dos hombres y un reparto de poder. Gonzalo Pérez Jácome, fabricante de ruido, empresario de sí mismo, prestidigitador de la vulgaridad revestida de gestión; y José Luis Gavilanes, alcalde popular de Xunqueira de Ambía y magnate de los autobuses y otros negocios.
El acuerdo tenía la pureza geométrica de las cosas elementales: Democracia Ourensana entregaba la Diputación al Partido Popular, y el Partido Popular entregaba la alcaldía de Ourense a Jácome. Una permuta. Un canje. Un trueque con barniz institucional y olor a trastienda. Vendieron aquel apaño como un acuerdo por la estabilidad, porque en política las palabras son la colonia con la que se perfuma la cloaca.
Aquello quedó en las hemerotecas y el tiempo, notario incorruptible, fue pasando como tiene por vicio hacer sin que nos demos cuenta. Tres años después, como en las novelas donde el azar es excesivamente oportuno como para parecer simplemente azar, la empresa de uno de aquellos firmantes resulta adjudicataria del contrato millonario del transporte urbano de la ciudad.
Naturalmente, podemos hablar de azares y casualidades, pero no de ilegalidades. Dios nos libre y el diablo nos ampare. Todo es administrativo, reglamentario, técnico, perfectamente encapsulado en el complejo lenguaje de los expedientes. Dentro de esta dialéctica quedan los reparos de intervención, ese pequeño género literario de la burocracia que consiste en advertir para que luego nadie pueda decir que no advirtió. Y hecho el reparo, se hace el levantamiento, que para eso está el alcalde, en esta ocasión también con los votos del PP, casualmente parte pactante del célebre pacto.
Porque la democracia no se pudre solamente cuando alguien roba. También cuando quienes mandan dejan de distinguir entre lo suyo y lo de todos. Y cuando quienes hace oposición consienten por acción u omisión.
Lo fascinante de la política es la grosería con que maneja la ética y la estética. Ya no se intercambian favores: se articula gobernabilidad. Ya no se reparten beneficios: se ejecutan procedimientos. Ya no hay intereses cruzados: hay coincidencias. En el centro de la política ourensana, mientras quien puede impedirlo no lo haga, continúa Jácome: ni alcalde ni estrella del espectáculo; ni gobernante ni empresario audiovisual. Él mismo se define en sus perfiles sociales como diletante, que es una forma fina de ser autocomplaciente con la propia superficialidad y carencia de conocimientos profundos. Esta inepcia (otra de las palabras que le gusta emplear) ha convertido el Concello en un plató donde la realidad se emite antes de gobernarse. La política, en sus manos, ya no es administración sino dramaturgia; y el dinero público, lejos de ser un instrumento común, funciona como carburante de una narrativa privada, personalísima, casi doméstica.
En el Concello de Ourense ya ni los jueces distinguen bien dónde termina la institución y dónde empieza el personaje. Si el pleno es gobierno o guion de comedia. Si la ciudad se administra o se retransmite por TikTok con mensajes estúpidos, cortos y a veces suicidas.
Y quizá ahí resida el verdadero deterioro, que no siempre adopta la forma grosera del delito. A veces la degradación democrática es más vaporosa: consiste en disolver la ética en la costumbre, hacer de la excepción paisaje y del interés particular rutina administrativa. Porque la democracia no se pudre solamente cuando alguien roba. También cuando quienes mandan dejan de distinguir entre lo suyo y lo de todos. Y cuando quienes hace oposición consienten por acción u omisión.
Esa es la lección secreta del autobús de la Alameda: que uno sube pensando que toma un transporte público y acaba descubriendo que el trayecto, los asientos y hasta el destino estaban reservados desde mucho antes. Y, como siempre, el billete lo paga el contribuyente, ese personaje secundario que nunca sale en la fotografía.
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