Xabier R. Blanco
CLAVE GALICIA
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CRÓNICA PERSONAL
Fue el Vaticano quien expresó al gobierno español del deseo del papa de comparecer ante el Congreso de los Diputados. Un dato a tener en cuenta. A León XIV no le movía el afán de protagonismo, no lo necesita. Era evidente por tanto que deseaba pronunciar las palabras que dirigió a la Cámara este lunes. Deseaba transmitir un mensaje casi personal, a la vista del tono y profundidad del texto que llevaba escrito para que no hubiera errores que pudieran llevar a falsas interpretaciones.
Escucharon al papa, en vivo y en directo, la práctica totalidad de diputados y senadores, el Gobierno en pleno, autoridades institucionales, expresidentes de las Cámaras y dos expresidentes del gobierno, Aznar y Rajoy. Zapatero no quiso asistir, por razones obvias. Tampoco lo hizo Felipe González, y no es difícil deducir que por razones de edad o un compromiso previo. Demostró su respeto al papa al acudir a la recepción de bienvenida el día de su llegada.
El discurso, que se escuchó con respeto, recibió un aplauso unánime, largo y aparentemente sincero
En su intervención se advertía que León XIV conoce muy bien España, la ha visitado infinidad de veces, y conoce también sus circunstancias actuales, tanto políticas como sociales. Lanzó mensajes que parecían destinados a personas con nombre y apellido, a dirigentes políticos que viven en la eterna confrontación: “La pluralidad política no debería degenerar en la descalificación permanente del adversario”, palabras que deberían hacer reflexionar a todos ellos, y a continuación se dirigió a aquellos que consideran la inmigración como un mal a combatir: “El drama migratorio interpela la conciencia de las naciones y el fundamento ético del orden internacional”, defendiendo “el principio universal de la igual dignidad de rodos los seres humanos”. No al aborto y no a la eutanasia, aunque se guardó el papa de pronunciar esas dos palabras que forman parte de lo inaceptable en el mundo católico: “Toda vida humana debe ser reconocida desde su concepción hasta su ocaso natural en cada circunstancia de su existencia”, añadiendo que la vida es una meta de la civilización. No se quedó ahí, sino que afirmó que no es justa “una comunidad que deja en la sombra al niño aún no nacido, al anciano, al enfermo, a quien sufre en silencio o a quien depende enteramente del cuidado de los demás.” Reivindicó el derecho de los padres a decidir sobre el colegio de sus hijos según sus principios, y fue más allá de las cuestiones estrictamente humanas, sociales, para expresar su rechazo al rearme como respuesta a la fragilidad del escenario internacional” y el rechazo también a la inteligencia artificial en el ámbito internacional.
El discurso, que se escuchó con respeto, recibió un aplauso unánime, largo y aparentemente sincero. Probablemente porque cada partido, cada invitado, expresaba su satisfacción por lo que consideraban reflexiones de León XIV dirigidas a sus adversarios. Pero el papa había preparado su intervención pensando en un país que conoce muy bien, España, por el que siente afecto sincero… y cuyos dirigentes, todos, necesitan una revisión de ciertas posturas que necesitan ser analizadas con rigor y estudiando sus consecuencias.
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