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Desde la perspectiva desde la que evocamos aquellos veranos del Ourense de otros tiempos, es adecuado marcar una serie de secuencias para enmarcarlo. Primero, el ciclo de eventos que lo señalaban: desde la procesión del Corpus, la fiesta civil, separada de la religiosa por el obispo burgalés treintino Temiño, a la batalla de flores, las competiciones deportivas, las verbenas del Posío, las cenas y bailes de gala en las sociedades como el Liceo, las competiciones deportivas, los festivales de España en el pabellón de Los Remedios, las sesiones de teatro en el Losada y las agradables noches en las terrazas de las calles del Paseo. Pero el verano tenía su propio cénit en las Fiestas de Santiago en el barrio del Puente, donde tenían lugar las mejores verbenas de Ourense, y donde, al contrario del Posío, no había que pagar entrada ni colarse. También Auria, la mejor sala de fiestas de Galicia, se esmeraba en sus espectáculos y artistas contratados.
Y sobre todo estaba el río. La ciudad se proyectaba sobre nuestro Miño en varios puntos señalados. El más frecuentado era la ribera de su margen izquierda, entre los puentes viejo y nuevo, lugar donde debiera haberse construido aquel gran parque fluvial que hubiera dado a la ciudad otro perfil. Otros ourensanos preferían incluso el aparentemente incómodo, pero tranquilo, “coiñal” de la margen izquierda, frontero con el viaducto del ferrocarril. Iban algunas familias y las primeras ourensanas más modernas que podían tomar el sol con más libertad que en otros puntos de la ribera.
Y teníamos tres puntos esenciales en la margen derecha. La llamada “peña de Francia”, lugar donde hubiera un molino, era un lugar concurrido, de aguas profundas, pero peligrosas, que frecuentaban algunos arriesgados. Más allá del puente nuevo, los pontinos bajaban a su propia ribera y en tiempos todavía sobreviviera un servicio de barcas para pasar al otro lado. Y sobre todo estaba Oira. Antes de la construcción de la prensa pudimos disfrutar de aquel bar fluvial en medio del río, que algunos recordamos con especial nostalgia. Luego se construyeron y reformaron las piscinas, pero ya no fue lo mismo.
Al acabar las representaciones, los ourensanos se congregaban en las terrazas del café-bar Miño y el Cortijo. Era un rito cotidiano y querido, en la agradable temperatura de la noche ourensana.
Aparte de todo ello, recordamos a los que se lanzaban al Miño desde el puente nuevo, en un alarde de valor y riesgo, para asombro y admiración de los bañistas más precavidos. El río era en aquel tiempo un hervidero de piragüistas de fama y habilidad, como mi compañero Quino y otros que llegarían a descender el Miño desde su nacimiento hasta el final.
Y quién no recuerda los helados de La Ibense, repartidos en sus famosos carritos por toda la ciudad o disfrutados en su terraza. En aquellos veranos solían venir en gira por España las mejores compañías de teatro de Madrid, que daban función en el Losada. Al acabar las representaciones, los ourensanos se congregaban en las terrazas del café-bar Miño y el Cortijo. Era un rito cotidiano y querido, en la agradable temperatura de la noche ourensana.
Incluso cuando se había asistido a las representaciones de los Festivales de España en el Pabellón de los Remedios, luego todos íbamos a la calle del Paseo a las terrazas. También venían mucho a Ourense compañías de revista y vedettes que mostraban sus carnes prietas a los pecadores de por aquí, con disgusto de los censores aficionados del clero tramontano y numeroso. Y entre otras cosas queridas que ha perdido Ourense, anoto aquel cine al aire libre en la calle Concejo. En verano, aparte del cine ordinario, también actuaban allí compañías de teatro y revista.
En suma, en la vida cotidiana de aquel Ourense de aquellos veranos de los años 60 y 70, las Fiestas del Corpus eran un acontecimiento social de enorme alcance popular en el que participábamos todos, ya fueran las verbenas del Posío, el descenso del Miño, la batalla de flores, el rally o el Festival del Miño. Y dentro de esas tradiciones destacaba el nombramiento de una “reina de las fiestas”, que era un modo de rendir homenaje a la mujer ourensana. Siempre se elegía a una chica normal, de clase media, estudiante o ya trabajando que asumía un papel simbólico, pero muy apreciado por todos. El origen de esta designación eran los antiguos juegos florales que, como recordaba Otero Pedrayo, eran habituales a partir de 1901 en que las fiestas de verano empiezan a celebrarse en esta ciudad. La reina de entonces pasó a ser la reina de todo el acontecimiento festivo. Eran todas chicas modernas, con personalidad, chicas de su tiempo, de ideas claras, unas ya con novio y otras no, pero con un claro proyecto de vida, orgullosas del papel que les tocaba en aquel episodio de la vida local.
Es evidente que la roma vida ourensana de nuestro tiempo, que ni en tiempos de fiesta destaca, nada tiene que ver con aquella que conocimos y disfrutamos.
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