Carlos Risco
LA CIUDAD QUE TODAVÍA ESTÁ
La aldea que sigue estando debajo
LA CIUDAD QUE TODAVÍA ESTÁ
Pasa en toda época y toda geografía. Es la vida, que se va depositando en el paisaje. Primero las casas y callejas que, como escamas de sal, van formando un territorio vivido, el carácter de la tierra. Después, la revisión de los hombres, que proyectan sobre plano los sueños a medida de su propio tiempo. A veces con cierta comprensión, casi siempre con desprecio. Tal vez porque los humanos somos así, ignorantes, con poca oreja hacia lo que aún resuena y empeñados en alzar la voz para que esta sea la que ocupe todo el rango de frecuencias. Cosas, suponemos, de una humanidad todavía adolescente, empeñada en significarse, desde la idea hasta el tiralíneas con el que las ciudades se destruyen y construyen en una sucesión obsesiva por borrar todo testigo de lo anterior. El hombre lleva la guerra en el corazón. Una guerra contra el paisaje, contra las criaturas sensibles, contra sí mismo.
El hombre lleva la guerra en el corazón: una guerra contra el paisaje, contra las criaturas sensibles, contra sí mismo
Auria, que no es el París de Haussmann ni el viejo Bucarest que derribó Ceaușescu, también es ejemplo de tragedias sucesivas y de proyecciones futuras que empiezan por sueños grandilocuentes, torpes, y nunca en una pregunta honesta que integre con comprensión a lo que ya está, a lo que vamos siendo. Cada generación de decididores lleva en su maletín la muerte del futuro, imaginando por un lado eso que no existe y, por otro, pretendiendo lo que nunca ha existido. Quizá porque aceptamos que una idea nueva, para florecer, debe aniquilar todo conocimiento anterior. Y allá vamos todos, hacia lo obtuso, separados del diálogo con nosotros mismos y con el territorio. Cada nuevo barrio, una vez que el organismo se va expandiendo e incorpora las afueras sucesivas es en Auria un urbanismo aplastante de viejas huertas y senderos, derribadas para trazar casas feas de hormigón y avenidas prescindibles sin árboles ni buenos caminaderos, hechas por y para el coche, alma de ese hombre unidimensional ourensano.
Si uno pasea por la calle Ramón Puga puede mascullar estas ideas. Pasea por allí no porque sea un barrio muy paseable. Quizá esté escapando del carísimo parking de pago del hospital, que, fíjate tú, no tiene parking público y es una concesión para arreglarle la vida a algún amigo y a sus monstruosos descendientes. Y después de jugarse la vida al atravesar ese túnel sin aceras (pobre del que tenga que pasar por aquí a diario), en el nuevo número 94 (en realidad el 104), se detiene ante esta casita campesina con soberbio balcón de madera, bodega en el bajo y hermoso encintado esgrafiado en cal. Allí espera la piqueta, salida de plano, para cuando la calle se adecúe a los horripilantes edificios nuevos en los que ya se ve alguna luz encendida (pobre del infeliz que se haya hipotecado para vivir en este lugar). Porque ese es el plan de los proyectadores municipales, arrasar el tejido histórico para consolidar una calle-carretera terrible, salida de una conversación más terrible aún, en la que no se ha invitado al paisajista ni al jardinero, sólo al constructor y al del concesionario de coches. Pero, como aquí todo destino es de trago lento, porque hasta para decidir y ejecutar la incapacidad es infinita, permanecen en el tiempo estos traguitos de tiempo. Esta casa, como sus primas hermanas a lo largo de la calle (saldría un libro con cada edificio hermoso y abandonado de esta misma acera), es la buena noticia con su resistencia. Pura sabiduría encapsulada, la humildad silenciosa de cuando la ciudad era aldea, que sigue siendo aldea en sus tejidos interiores y transformada como transforma la realidad el aldeano cuando deja de serlo y tiene sueños de grandeza: destruyéndolo todo.
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