Jesús Prieto Guijo
LA OPINIÓN
Héctor Souto: la pizarra gallega que domina el mundo
EL ÁNGULO INVERSO
Hace tiempo que tenía que escribir sobre este hombre, que me ayudó a ser feliz en mi infancia. Fue un artista, un fotógrafo que tenía pasión por su trabajo. Lo recuerdo ahora, un “hombretón” fuerte, alto, con voz poderosa y universo propio. Supo siempre que el arte y la cultura eran las bases del ser humano.
Allá en la comarca de Verín fue los ojos de distintas generaciones. Mejor dicho, del alma de un siglo de la villa.
Pero te cuento, vivíamos en el mismo edificio. Yo, en el segundo, él en el primero. Con frecuencia me llamaba: “Jaimito, baja a comer con nosotros”. Entonces, yo bajaba las escaleras volando. Durante la comida siempre contaba historias de cuando en la posguerra salió de O Carballiño, “con su cámara y un escaparate-maleta a recorrer España”, como escribieron Alberto Reboreda y Nieves Amado. Había que salir a los caminos para buscarse la vida. Tenía 18 años.
A los postres me hacía juegos de manos. Por el mundo aprendió por curiosidad el arte del trilero. Cierto que jamás acerté con la carta. Él se reía a carcajadas.
Pero volvamos a la historia. Godás partió hacia aquella España machadiana de “decrépitas ciudades, caminos sin mesones, atónitos palurdos sin danzas ni canciones”.
Su padre también había sido fotógrafo. En sus viajes retrató a aquellos personajes de rostros enjutos por la posguerra. Ay, no le agradó mucho fotografiar a los difuntos, cosa habitual en aquellos tiempos.
El contrabando era una forma de vida. Corría el dinero hasta el amanecer en largas timbas en las mesas de mármol con aroma a licor café.
Retrató también a tullidos y mutilados de la reciente guerra civil.
Llegó a Verín allá en 1925. No eran malos tiempos para la villa. El contrabando era una forma de vida. Corría el dinero hasta el amanecer en largas timbas en las mesas de mármol con aroma a licor café.
En aquellos años la villa estaba llena de forasteros, agüistas que abarrotaban los hoteles y curaban sus males en los balnearios de la villa.
Nada menos que Ramón y Cajal hizo un análisis elogioso de las aguas de Cabreiroá. En su hotel balneario habitaron políticos y aristócratas.
Nuestro hombre enseguida supo que ese era el lugar idóneo para establecerse. Montó su local en un lugar céntrico. Era una visita obligada porque en su cristalera siempre hubo fotografías de personajes de la villa. Retrató a todos los recién casados del largo siglo XX. Tiempos de posguerra. Con frecuencia los novios vestían ropa muy humilde. Él, siempre generoso con los desvalidos, tenía en un lugar de la tienda diversos trajes de boda para que sus clientes lucieran elegantes.
Ay, qué bien me sabían aquellos Chupa Chups que solía llevar en el bolsillo. “¿En qué mano está, Jaimito?”. Qué barbaridad, nunca acertaba.
Hombre polifacético, con visión helénica. Fue el primero que proyectó cine en un café de la villa. Cuentan que tocaba la gaita con sensibilidad. Su afición por el teatro le llevó a protagonizar obras benéficas.
Guardo algunas fotografías fascinantes. Logra el milagro. Percibo en algunos rostros ese halo clandestino del raioto, ese aura furtiva que solo tienen los nacidos en este valle fronterizo.
(Los dioses generosos le dieron un heredero: su nieto Jorge. Cobija el talento de aquel hombre que fue andariego y buscó en los rostros el alma furtiva de los hombres).
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