Xavier Castro
A MESA Y MANTELES
Oseira, el pulpo y el pan
CUENTA DE RESULTADOS
La economía mundial encara 2026 con un crecimiento moderado, desigual y rodeado de fragilidades. Las economías emergentes mantienen un mayor dinamismo, mientras las avanzadas –especialmente la zona euro– progresan con dificultad, lastradas por bajo crecimiento potencial, tensiones fiscales y un entorno internacional cada vez más hostil. No se trata solo de una desaceleración cíclica, sino de un cambio de época: más geopolítica, menos reglas compartidas y mayores riesgos sistémicos.
El escenario central de crecimiento moderado convive con amenazas claras. La intensificación de los conflictos geopolíticos, el retroceso del multilateralismo, las guerras comerciales latentes, la vulnerabilidad de los mercados financieros –muy expuestos al sector tecnológico–, el deterioro de las finanzas públicas y el impacto económico del cambio climático configuran un marco inestable. La quiebra del orden liberal internacional, más que una hipótesis académica, se ha convertido en una realidad operativa.
España aspira a crecer en la incertidumbre sin perder influencia, pero le cuesta traducir ese dinamismo en verdadero peso político
EEUU continúa siendo el principal motor de la economía global, impulsado por la inversión en inteligencia artificial, la expansión fiscal y la desregulación. Pero ese liderazgo tiene costes: mayores riesgos inflacionarios, desequilibrios fiscales y una política exterior más transaccional y disruptiva bajo la presidencia de Donald Trump. China, por su parte, sostiene su empuje exportador, aunque sufre limitaciones estructurales internas, desde la crisis inmobiliaria hasta la debilidad del consumo. La India emerge como el gran actor con potencial a medio plazo, confirmando el desplazamiento gradual del centro de gravedad económico hacia Asia.
Europa se mueve en un terreno incómodo. Tras años de estancamiento, su crecimiento mejora levemente, pero sigue atrapada en un modelo de bajo dinamismo, con divergencias internas, presión sobre las cuentas públicas y una brecha tecnológica persistente respecto a EEUU y China. La falta de liderazgo político y de reformas estructurales ambiciosas limita la capacidad de la Unión para actuar como actor global coherente, justo cuando el entorno exige más integración y menos fragmentación.
España destaca en este contexto por un crecimiento superior al de sus socios europeos, apoyado en la demanda interna, el empleo, la inmigración y el turismo, con un comportamiento razonable del sector exterior.
Las agencias internacionales han revisado al alza sus previsiones para España y la mejora del rating crediticio refleja esa fortaleza coyuntural. Sin embargo, las debilidades estructurales persisten: baja productividad, problemas de vivienda, dependencia energética y una limitada capacidad de innovación. España crece, pero no termina de transformar ese crecimiento en poder económico sostenible, ni en influencia tecnológica.
El balance internacional de 2025 confirma, pues, muchas de las previsiones del Real Instituto Elcano. El regreso de Trump aceleró dinámicas ya existentes: rivalidad abierta entre grandes potencias, erosión de los foros multilaterales, proteccionismo selectivo y una creciente instrumentalización de la economía como arma política. La guerra en Ucrania entró en un punto muerto peligroso, el conflicto en Oriente Medio agravó la fractura normativa entre aliados y el flanco sur europeo siguió marcado por la inestabilidad del Sahel. España debe saber verlo, le toca de cerca.
España crece más que sus socios europeos, aunque sigue lejos de convertir ese dinamismo en liderazgo internacional. El desafío para España no es menor que el del resto de Europa: navegar una globalización más dura, proteger su crecimiento sin caer en el repliegue y convertir su buen desempeño económico en una voz más influyente en un orden internacional cada vez más incierto. Resistir puede ser un éxito coyuntural; liderar, incluso de forma modesta, será la verdadera prueba.
La paradoja es evidente. Mientras la economía muestra resiliencia, la capacidad de influencia de España sigue siendo limitada. No basta con crecer más que los demás si ese crecimiento no se traduce en mayor liderazgo político, tecnológico y estratégico. En un mundo más fragmentado y competitivo, la influencia no se mide solo en PIB, sino en capacidad de propuesta, alianzas sólidas y coherencia entre discurso y recursos. Sánchez es, sin duda, un presidente audaz, pero ¿basta con eso?
@J_L_Gomez
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