José Luis Gómez
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Eran las fiestas del pueblo. La procesión del santo, partiendo de la iglesia se iba extendiendo, como un riachuelo a través de las calles, de las callejas, de los lugares inhóspitos, del callejón entre las huertas. El coro se esforzaba y cantaba una canción mariana. El pueblo no se la sabía y musitaba palabras inconexas o extrañas.
Mis amigos y yo observábamos aquellas rotundas mujeres que luego, pasado el tiempo, he visto pintadas por Botero. También a aquellas amigas nuestras que ese día lucían, en tal caso, un lazo de seda de color naranja para rematar aquellas trenzas. Los hombres mayores avanzaban apoyados en sus cachabas, los más jóvenes se quedaban a la puerta de la cantina poniendo caras. Y nosotros acompañábamos al campanero y subíamos a la torre desde donde el pueblo de mis abuelos era una mancha grande y verde llena de puntitos blancos, que eran las casas. El humo de las cocinas llenaba el aire de filigranas grises, olor a pimienta y fritangas.
Con los pantalones cortos y nuestras gorras del revés, nos poníamos a hacer de las nuestras. Pequeñas cosas. En total… cuatro o cinco bobadas. “Son cosas de chicos”, nos defendía mi abuela con aquella carita que sólo verla daban ganar de besarla.
Porque no era una niña, era ya una mujer joven, una mujer como las que amaba el Capitán Trueno, el Jabato, o a lo mejor Roberto Alcázar.
Los perros de pelo hirsuto, los gatos caza-gorriones, las ovejas que con sus caras de incautas parecían dormirse al subir la cuesta, la vacada cuellicorta y las cabras, miraban con sus ojos redondos, brillantes y admirados lo extraño que era ese montón de gente con sus vestidos verdes y transparentes y aquel cúmulo de corbatas.
A eso de las 12 y media llegó una furgoneta gris perla. Se bajaron aquellos músicos a los que sin duda esperaban, pues se metieron en el templo corriendo, entonando, probando el birimbao y una maraca. Me había dicho mi madre que era preciso estar atentos y yo cumplía, claro, mirando sin pestañear a aquella dama, que me parecía perfecta. Aquella del uniforme azul con dos rayas en la bocamanga.
Era preciosa o me lo parecía a mí. Con su nariz respingada, sus labios de heroína y aquellos mofletes que se hinchaban al tocar el instrumento…y que poco después volvían a su lugar, y se reían, a lo mejor de cómo yo la miraba. Porque no era una niña, era ya una mujer joven, una mujer como las que amaba el Capitán Trueno, el Jabato, o a lo mejor Roberto Alcázar.
Una vez aparcados los faroles, desatornilladas las andas… comenzó la misa en la que cuatro o cinco curas oficiaban, de pie, de rodillas, arriba y abajo, a trancas y barrancas. Ahora una lectura y unas interminables palabras de aquel que arrastraba la erre cuando decía: arrepentíos, confesionario, reclinatorio y rezar por las ánimas. Un olor a incienso se nos metía por la nariz y nos azoraba.
Antes de comer y como está mandado, tuvieron la sesión vermut y los músicos se explayaron tocando pasodobles y más pasodobles que la gente solicitaba. Para rematar hicieron sonar “La vida es un carnaval”. Y nos fuimos a comer sin más contemplaciones.
Después, ha pasado el tiempo y no volví a verla ni nada. A lo mejor es una señora de esas que llevan la silla a la playa. Fíjese bien en esa que, a su lado, pone la sombrilla malva y le da a su marido un betún blanco sobre la espalda. Si es ella verá que sus ojos echan chispitas de colores y mueve los dedos como mueven los ángeles las alas.
Un amor platónico, supongo. Aún conservo en el recuerdo aquellos dedos blancos martilleando los ojos del saxo, en aquella lejana infancia.
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