Ramón Pastrana
LA PUNTILLA
Nicolás
UN CAFÉ SOLO
Cómo podemos definir el amor? ¿Es ese aleteo de mariposas en el estómago que, tarde o temprano, acaban agotadas? ¿Es esa nube en la que nos colocamos durante un tiempo creyendo que nunca volveremos a pisar el suelo? ¿Es la tranquilidad de una noche frente al televisor, en silencio, sin necesitar nada más? ¿Es la pasión descontrolada o el disfrute calmado sin prisas? El amor es todo eso y mucho más. Es invasivo, cambiante y camaleónico. A veces tramposo, permitiendo que bajo su nombre se enreden semillas venenosas de otra especie.
El fuego del amor no son las llamas que abrasan y dejan cicatrices permanentes que causan un dolor insoportable, son las que calientan y ofrecen un lugar en el que querer estar. No es un control férreo sobre cada una de las palabras y actos de la otra persona, es confianza. El amor no puede ser una jaula donde encerrar a nadie bajo amenazas, es libertad para permitir crecer y pensar. No es insulto y humillación, no es un “tú no vales nada”, es un apoyo y un estímulo que te empuja a ser quien eres. No es chantaje, “si te vas me mato”, es dejar ir cuando llega el momento sin la sombra del miedo.
Por eso es necesario repetir sin parar que el amor no mata, no asesta ni una ni cincuenta puñaladas, no oprime, no ahoga, no degrada y no somete.
El amor no se construye con celos que aíslan, no crece bajo la sombra del pánico, no se fortalece con golpes asestados que dejan la piel dolorida y la mente anulada. El maltrato nunca es amor, aunque no sepamos verlo, aunque elijamos ignorarlo, aunque nos hayan hecho creer que la violencia es la manera más poderosa de demostrar que nos quieren, aunque después lleguen los perdones. Por eso hay que pararlo.
Por eso es necesario repetir sin parar que el amor no mata, no asesta ni una ni cincuenta puñaladas, no oprime, no ahoga, no degrada y no somete. Todo eso tiene otro nombre: violencia de género. Y es importante decirlo, nombrarlo hasta el cansancio, impedir que se disfrace de amor y dejarlo al descubierto como el terrible delito que es. Un maltratador no es un hombre enamorado que deba ser protegido, justificado o compadecido por sus actos. Es una persona violenta que debería ser aislada, señalada y penalizada para ofrecer la merecida justicia a su víctima, que tiene el derecho de vivir liberada del yugo del terror.
No solo debemos reclamarlo mañana, si no cada uno de los 365 días del año. Tal vez también debamos repensar si no estamos convirtiendo el 25 de noviembre, día Internacional de la eliminación de la violencia contra la mujer, en un día de fotos, de actos inútiles, de blanqueo incomprensible y de fiesta. Las 38 mujeres asesinadas este año hasta el 19 de noviembre, según fuentes oficiales, sus familias y las que están padeciendo esta brutalidad quizás merezcan otra cosa.
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