Los antiguos fielatos y el impuesto de consumos

A MESA Y MANTELES

Publicado: 19 abr 2026 - 07:50
Opinión en La Región
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En Galicia pocas cosas han sido más detestadas por la gente del común que el denominado impuesto de consumos. Se trataba del tributo que gravaba la compraventa de artículos de primera necesidad. Su origen está en la alcabala y fue evolucionando de diferentes formas fluctuando de manera guadiánica, y adoptando distintas denominaciones a través del siglo XIX y en el primer tercio del siglo XX. Dicho gravamen fue eliminado en períodos progresistas y puesto de nuevo en vigor en las etapas conservadoras. En efecto, aunque resultó abolido en 1813, fue restablecido en 1816, suprimido en el Trienio Liberal y vuelto a imponer en 1824. Con la reforma de Alejandro Mon, de 1845, se creó el impuesto con la denominación de contribución de consumos, que sustituía a algunas rentas provinciales como la alcabala y conservaba los derechos de puertas o aduaneros. Fue abolido otra vez en 1911, pero se restableció de nuevo durante la dictadura de Primo de Rivera (1923-1930). Más tarde, se suprimió como tal impuesto de consumos, pero se han mantenido tributos indirectos sobre los productos básicos hasta la actualidad, con diferentes denominaciones, entre las cuales el paradigma es sin duda la que rige actualmente con la etiqueta del IVA.

Con la pretensión de sustraerse a tan oneroso gravamen con mucha frecuencia ha habido personas que intentaron introducir de matute mercancías en la ciudad, bien fuera ocultándolas o bien pasando por la caseta del fielato antes del amanecer. La utilización de la expresión matute se expandió por toda España para referirse al contrabando.

El escritor costumbrista García Barros aporta una anécdota humorística que da cuenta de uno de estos casos:

"Fora que tendo qu’ir a Santiago, con outros máis a levar unha renda, acurrira-selle levar tamén dúas ducias d’ovos que tiña, supoñendo que alí llos pagarían millor. astra que pasou a Ponte Pedriña, non caeu na conta de que por eles había que pagar na porta”. En tal tesitura el paisano decidió recurrir a una triquiñuela: “Daquela levaban-se uns sombreiros de copa alta que non podo describir agora porque non tiven xeito d’enteirar-me como eran. Pepe das Baiñas levaba un desos sombreiros e del quixo valer-se para pasar os ovos de matute. Nel os meteu, que case o arrasou; puxo-lle a cachola encima, e dando-lle a volta, alí quedaron desimulados, e pasou máis dreito e máis maxestuoso que a torre do reló s’andara”. Pepe puso mucho empeño, pero el ardid no resultó bien: “Pero fose porque o consumeiro entrara en sospeitas ou porque alguén lle chiscase de ollo, o conto foi que o sigueu un axente, o cal cando se lle puxo a xeito, zorregou-lle un pau atravesado, ó sombreiro... e escuso decir como alí quedou Pepe das Baiñas.

Cabe señalar que este impuesto era regresivo: afectaba por igual a ricos y pobres, por lo que era muy impopular y odiado

Tanto s’indinou, sobor todo cando veu a risa dos acompañantes e que máis dun cento de rapaces ll’armaban unha festa dos demos, que xurou que se daquela non pegara, e que era doutra había de pegar, ou el deixaba de ser Pepe”.

Cabe señalar que este impuesto era regresivo: afectaba por igual a ricos y pobres, por lo que era muy impopular y odiado. Además, en algunas épocas, determinados ayuntamientos lo encarecieron mucho. En una región agrícola este tributo suponía una barrera para la economía de subsistencia de los campesinos que necesitaban vender sus productos excedentarios en los núcleos urbanos. No resulta, por tanto, sorprendente que el impuesto haya generado un fuerte malestar expresado en diferentes formas de resistencia social, destacando la protagonizada por las lecheras.

La resistencia se manifestó bien de forma individual, mediante la tentativa de ocultación, tratando las paisanas de pasar de estraperlo sus productos, como hemos visto, o bien en forma de respuesta colectiva, generando un conflicto social flagrante, que en algunas ocasiones se manifestó de modo pacífico y en otras con tintes violentos.

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