Eduardo Medrano
Motín de Esquilache
LA CIUDAD QUE TODAVÍA ESTÁ
Toda ciudad recuerda. Recuerda que antes que ciudad fue aldea. Y antes de aldea, campamento. La ciudad recuerda, qué hermoso es suponerlo, que fue un bosque sin mancha antes de que los hombres decidieran quedarse a su orilla. Lo construido es apenas un rasguño en el paisaje y hay lugares de la ciudad-campamento en los que es todavía sencillo sentirlo. Cada uno tendrá sus favoritos, supongo. A mí me gusta venir a lo que hoy se llama calle Bailén, en la Auria vieja, cerca de la Pena Vixía, que era una atalaya de vigilancia en otros tiempos. Por aquí bajaba y baja un arroyo que va a morir al río Barbaña, más allá de las maltratadas Burgas, que deberían ser el centro de todo y hoy son un asunto periférico de hombres periféricos. El arroyo sigue bajando porque el agua tiene memoria. Una memoria a prueba de urbanismos y domesticaciones.
Ese agua fluye por debajo de los grandes escalones de piedra. Es fantástico venir a escucharla. Quizá, sentarse una de las losas y dejar que con el agua vaya el pensamiento, que a las ideas les va muy bien saberse agua. Si hay tiempo para hacerse el flanneur, vengo a sentarme junto a ese edificio de galerías de madera, que se ha recuperado con tanto gusto, a pesar de ese lacado negro de las puertas, tan pretencioso. Desde allí se escucha el gluglú del arroyo subterráneo y se puede pensar en cuando la calle era una simple colina. Dejar que la cabeza se calme y quizá permitir que el ojo se pose en el muro del palacio episcopal, que es una genealogía de canterías diferentes, con sillares romanos, piedras medievales y aparejos sin tiempo. Es una de las caras más sinceras de la ciudad, donde se superponen los mensajes de los habitantes sucesivos y que nadie por fortuna ha trucado, de momento.
Este trozo de calle bajante y riente es como un juego de magia. Una escalera que habla a nuestros pies. Pasar por aquí y quedarse un rato quietos es terapéutico, como terapéutico es deambular por esta ciudad vieja olvidada de todos que es el duramen de la ciudad. Es interesante venir caminando desde arriba, como si fuésemos a otear los límites propios, abrir bien los oídos para sentir el arroyo, bendecir los muros viejos y apreciar regalos del tiempo, como las anillas de hierro para amarrar las caballerías que todavía quedan en uno de los muretes. Eso sí, hay que procurar no distraerse con las tragedias secundarias, como los horribles pasamanos escalonados que truncan la vieja escalera, tan desafortunados, o mirar a desmano y encontrarse el cabezorro de Ferro Couselo, que da susto verlo. Es más difícil encajar la torpeza de ese cruceiro que han trasladado a uno de los tramos de escaleras. Ubicados en lugares mágicos, sobre piedras sagradas o en cruces de caminos, los cruceiros tienen un valor simbólico y hasta el más profano comprende la energía de los lugares que marcan. Pero este pobre cruceiro está totalmente fuera de contexto, como los que mandan hacer los paisanos frívolos en sus fincas horteras con jardines iluminados y setos rectilíneos. Ponerle una cruz a un arroyo es como querer atrapar el agua con las manos. Por eso, mejor no cogerle ojeriza a estas torpezas y disfrutar esta calle por los oídos, escuchando la corriente. Consuela pensar que el agua que pasa limpia los desaciertos y a la vez masajea las cavilaciones de los pequeños paseantes. Que siga bajando ladera abajo.
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