El arte de la agricultura: una mirada crítica

Publicado: 16 may 2025 - 07:05
Opinión en La Región.
Opinión en La Región. | La Región

En los últimos años se ha evidenciado una demanda creciente de ingenieros agrónomos en el mercado laboral. Es muy común leerlo en los medios, lo que posiciona a esta profesión como una de las más demandadas en España. Lamentablemente, esta situación no está siendo acompañada por un incremento paralelo en el número de estudiantes de esta ingeniería. La situación no es buena ni lógica… ¿Mucha demanda y pocos estudiantes que la atiendan? ¿Qué falla? ¿Acaso no se conoce? ¿No tiene atractivo? Todo apunta a que los estudiantes que empiezan su periplo universitario no conocen o entienden bien las bondades formativas, ni el trabajo humanístico, ni la realidad de lo que es un ingeniero agrónomo.

Las razones que explican esta realidad pueden ser muy variadas. En primer lugar, las profesiones reguladas, como la ingeniería agronómica, están supeditadas directa o indirectamente a la posesión de una cualificación profesional específica, que incluye una serie de disciplinas y cargas lectivas determinadas. Todo ello está recogido en una Orden CIN, norma que regula nuestro título universitario oficial habilitante para el ejercicio de esta profesión regulada. Esto implica que la flexibilidad formativa de estos estudios para adaptarse a las nuevas tendencias, innovaciones, adelantos e integración de nuevas materias docentes está muy limitada o es inexistente. Ello se traduce en planes de estudio anacrónicos, poco atractivos y desadaptados de las demandas reales de los estudiantes. A esto hay que sumar la falta de interés de muchos profesores por impartir nuevas disciplinas y salir de su zona de confort-conocimiento.

Todos sabemos que el redoble de tambores es más fuerte en la esfera privada que en la pública

Por otro lado, ni los colegios profesionales ni las universidades logran conectar con la sociedad. Los impulsos para trasladar la profesión a los alumnos que acaban el bachillerato son ineficaces. La desidia o falta de interés de algunos profesores o profesionales que imparten charlas en los institutos, junto al enfoque inadecuado de estas, hacen un flaco favor, lo que nuevamente se traduce en objetivos estériles.

Una tercera razón podría radicar en que se trata de una profesión silenciosa, históricamente rica en funcionarios pero pobre en profesionales independientes. Y todos sabemos que el redoble de tambores es más fuerte en la esfera privada que en la pública. Nos hemos vendido mal o, prácticamente, nada...

Este año se cumplen 75 años de la creación del Consejo General de Colegios de Ingenieros Agrónomos y 170 años de la creación de los estudios (y, por tanto, de la profesión). Quizás estas cifras redondas inviten a reflexionar: pensar hacia dónde queremos ir, adaptar la Orden CIN a las necesidades sociales integrando innovaciones como la biotecnología, la infraestructura verde, la robótica, la IA, el big data, etc., de forma explícita en la formación. Y, con determinación, convencer a los futuros estudiantes de que se conviertan en adalid es para paliar el hambre en el mundo, alcanzando sinergias entre ingeniería, naturaleza, matemáticas, humanidades, sociología y procesos. Es decir, formar ingenieros necesarios para garantizar el futuro.

Jean-Jacques Rousseau afirmaba con acierto: “La primera y más respetable de las artes es la agricultura”. Pero este arte debe adaptarse a la sociedad del siglo XXI para volver a llenar nuestras aulas y, así, garantizar tanto nuestra profesión como nuestro futuro.

Contenido patrocinado

stats