Los balcones de la calle Concordia

LA CIUDAD QUE TODAVÍA ESTÁ

Publicado: 18 feb 2026 - 00:40
Los balcones de la calle Concordia
Los balcones de la calle Concordia | J.Paz

Cuando uno está enamorado, tiende a caminar mirando hacia arriba, con los ojos escudriñando ventanas y balcones, saludando a la ropa tendida, al contemplador ocioso, buscando los juegos de luz en las fachadas. Todos deberíamos pasear así, enamorados también de la ciudad que nos acoge, que tiene que tratarse con la admiración del que se siente completo y el candor del que nunca conoce del todo. La ciudad es un compañero irrepetible, un acontecimiento inexplicable, como todos y cada uno de nosotros.

Hacen falta paseadores enamorados que rescaten a la ciudad de su fealdad ambiental. Lo que ha sido degradado y lo que se profana impunemente cada día sucede porque faltan corazones bien colocados. Sin almas encendidas que sepan leer lo caliente del paisaje, los vivideros tienen el peligro de ser percibidos como cajones operativos, desligados de la memoria, de la dignidad, del valor patrimonial. Y cuando nadie sabe valorar su alma, cualquiera puede pervertirlos desde la ignorancia, que es la causa de todo cataclismo, mucho antes de la maldad. El ignorante no es malo porque sí. Generalmente lo es porque no le da para más. Y para hacer contrapeso no basta con enriquecer la percepción con cultura y sensibilidad, que también. Más importante sería normalizar el candor y la ternura. Un verdadero poeta nunca talaría un árbol. Ni organizaría conciertos de música de baja calidad si para ello tuviera que molestar a sus vecinos. Tampoco permitiría el estruendo del tráfico a motor o la degradación de los edificios bellos.

Un paseo tranquilo es la mejor reconciliación posible con este territorio nuestro. La salvación, la propia y también la de esta ciudad, está aquí mismo. En el primer afuera. El ojo ensoñado y el cuello hacia arriba, si se usan con despreocupación, son los mejores colectores de belleza. Funcionan en la ciudad nueva y en la ciudad vieja. En los barrios de aluvión. En los parques talados. En la ruina profanada. Si uno sube por esa cuesta empedrada que una vez fue muralla exterior y algunos han querido convertir en autopista y centro comercial para paseantes que no caminan (un paseante que no camina es lo primero que le sobra a una ciudad que anhela ser caminada), tendremos belleza concentrada. Esa calle rebautizada con venganza que ahora tiene un nombre no demasiado sonante pero muy necesario -Concordia-, es un pequeño eje lleno de edificios poderosos que darían para que esta columnita de deslumbramientos locales se extendiera varias décadas. Entre el cadáver del cine Xesteira, trasmutado a fatalidad, y las galerías centrales (que ya nacieron como cosa fatal), se embute un edificio maravilloso con balcones acristalados como una fachada marinera.

Es bueno verlo aparecer a mano derecha, como a un viejo amigo, siempre subiendo, para apreciar esas coronas y guirnaldas en bajorelieve que cuentan una historia propia, de casa hinchada hacia afuera, segura de sus encantos. Alguien sensible soñó este edificio que alterna el asomamiento con la intimidad pero se abre a la luz de afuera y se deja coronar por una terraza soberbia, como de otras latitudes. Los negocios de los bajos, con su cartelería abusona, el chorro de cables de la luz y la nueva puerta del portal son tragedias modernas que hay que perdonar con generosidad y volver a subir el mentón arriba. Tanto como para querer entrar por esas carpinterías de castaño y deslizarse por sus salones italianos, que intuimos, permiten descubrir la casa a capas, como a las personas, de cuando la escala humana era omnipresente. Mirando hacia arriba encontraremos el amor. Y el amor nos rescata de todo lo que nos hace mirar hacia abajo. Urge una concejalía del amor.

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