Xabier R. Blanco
CLAVE GALICIA
Portero de noche
LA CIUDAD QUE TODAVÍA ESTÁ
El parque de San Lázaro era un lugar de afueras hasta hace muy poco. Aquí empezaba la terra incognita, los márgenes de la capital episcopal. Hoy, es el último parque de la ciudad. Una manzana resistente en este centro especulativo-cochista, postrado ante la promoción, el ladrillismo, el parquineo y la calle-autopista. En uno de sus lados ya no pueden crecer las raíces de sus todavía bastantes árboles porque agujerearon el suelo y lo rellenaron de hormigón para que los orensanos dejasen sus coches, que son los ciudadanos de primera y para ellos se construye/destruye la ciudad. A los árboles les queda aún otros tres lados en su parcelita inclinada para seguir organizándose fuerte y agarrarse a la tierra con vehemencia, toda vez que los humanos y humanoides de la superficie les han declarado la guerra. Es el parque de la infancia y la adolescencia de los chavales que vivíamos por aquí y, según la ciudad pierde arbolado y buen gusto, se está convirtiendo en especie de reserva natural, un oasis en sombra, en el último reducto semiverde que debemos valorar, usar y defender.
Aunque es pequeño y la palabra parque le queda grande, es glorioso tener aquí sombras tan grandes de árboles crecidos, aunque sean plátanos, castaños de indias, cedros y algún magnolio. Árboles sin demasiado pedigrí pero bien desarrollados, que construyen un gran dosel de hojas en la que descansar de estos soles de apocalipsis y traen al pobre y enfermizo habitante de la ciudad la ilusión de un bosque, que no es algo cosmético, sino un asunto de salud pública. El parque ha cambiado poco, por fortuna. Cayeron algunos árboles de abandono y encajonamiento, permanecen la fuente robada al monasterio de Oseira y los bancos clásicos de hierro fundido y listones de madera. También esas losetas coloridas tan feas que no dejan al suelo respirar y que alguien debería retirar algún día. Sobre ellas fermentan las deyecciones de los maravillosos estorninos y la peste en todo un flanco del parque es horrible. La domesticación de la naturaleza es casi siempre una cosa torpe.
Unos baños públicos limpios y en buenas condiciones son de los grandes tesoros de esta sociedad de todos y deberían funcionar como la medida espiritual de una comunidad
Junto a la torre y al edificio neoclásico que hoy se llama Subdelegación del Gobierno, el parque es la postal definitiva de la Auria nueva. Ese lado, cerrado en terraza para contener la ladera y partido por la horrible estatua falangista a los caídos de sólo un bando, está resuelto bellamente con un murete de piedra con hermosos bancos de piedra, de cuando las cosas se hacían para durar y no estas patochadas contemporáneas en las que malgastan el dinero. En la esquina, junto las bellas escaleras de piedra que enmarcan el parque, agredidas por un pasamanos moderno terrible, están los baños públicos, que son tan buena noticia como el parque. Unos baños públicos limpios y en buenas condiciones son de los grandes tesoros de esta sociedad de todos y deberían funcionar como la medida espiritual de una comunidad. Son un asunto de salud, inclusión y derecho. En este mundo con tanta maldad, que ha perdido el sentido común, cualquier mindundi podría privatizarlos y quedarse tan ancho. Podemos decir de estos baños que fueron renovados por alguien con nula sensibilidad, tirando las bellas puertas de madera y su icónico ventanuco y dejando como cierre esas feas puertas de venenoso PVC. Dentro tienen lo suficiente pero sin demasiada hospitalidad, como los baños de cualquier cafetería ruin de pueblo. Verlos abiertos es siempre un consuelo. Hay que usarlos y reclamarlos. Y cuando se pase por delante, entrar para un pis ejecutivo, aunque no se tengan ganas. Por supuesto.
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