El banquito de piedra que aún queda en el jardín

LA CIUDAD QUE TODAVÍA ESTÁ

Publicado: 17 jun 2026 - 08:10
El banquito de piedra que aún queda en el jardín.
El banquito de piedra que aún queda en el jardín.

Es la noticia de estos días. Lo que ya sabíamos. A la ciudad le han robado un parque. Han destruido el jardín del Posío, aquel sueño botánico decimonónico. Ahora no hay jardín antiguo que valga. Apenas es una plaza ajardinada. Y ajardinada con muy mal gusto. El del mentecato que no comprende la vivacidad compleja de un jardín antiguo, la sagrada presencia de los árboles sabios. Y también el significado de una ciudadanía a la deriva, que no distingue a un olmo de un plátano ni a un ladrón de un filósofo.

La destrucción del jardín del Posío es el golpe de la incultura a este trozo de presente. Como hicieron otros al destruir el hotel Roma para edificar en los setenta un tormento de hormigón"

Podemos maldecirlo todo tres millones de veces. Un euro por maldición, como la cantidad despilfarrada en esta pantomima. Pero el daño ya está hecho. Uno entra en el Posío aturdido, como el que descubre un animal agonizante en la cuneta. Atraviesa la explanada de farolas horribles, con el suelo compactado y recompactado por la maquinaria pesada que ha destruido la frondosidad previa. No hay sombra en este apocalipsis. Aparecen todo tipo de catástrofes entre el sol que cae a pico, libre sobre la zahorra: unos columpios paletos fuera de contexto, fuentes fosforito tremendas, barandillas descontextualizadas, un chirimbolo de hormigón circular donde harán la cafetería. Parece una broma. Como si derrumbasen a golpe de piqueta el Pórtico del Paraíso y le pusieran a la catedral suelo plástico de tarima flotante y ventanas de aluminio blanco. ¿Alguien pensaba que no serían capaces? Han sido capaces. La ignorancia no conoce la vergüenza.

La destrucción del jardín del Posío es el golpe de la incultura a este trozo de presente. Como hicieron otros al destruir el hotel Roma para edificar en los setenta un tormento de hormigón que, para más inri, todavía lleva su nombre. Son los mismos que destruyeron la casa de Cervantes, los caserones históricos de la plaza Elíptica en Bilbao, el edificio Castromil en Compostela. Las mismas cabezas que, en vez de pensar, embisten.

En casa echamos mano de Borges para lamentarnos que “todo el ayer estará tan perdido como Cartago, que a fuego y sal borró el latino”. Pero la vida sigue. Sigue y empuja en estos veranos implacables de noches tropicales. Cuando el sol que uno ve salir por la ladera empieza a ser un mal sueño, que secará los pensamientos de todo infeliz que se acerque a esta plaza dura cercenada a la que le han robado todo.

No podremos hacer como Rilke, que buscaba consuelo en aquel árbol de la ladera como última certeza. Quizá podamos caminar por la memoria de este jardín de buena mañana, cuando la temperatura aún permite vivir, quizá buscando las caras de sorpresa en el otro y comprobar que la gente sólo quiere paz. Un rinconcito de sombra. Algo de silencio donde los pensamientos puedan aquietarse y engendrar ideas bellas. Y, quizá, bajar al lado menos pisoteado, no tener en cuenta el césped de mal gusto ni el empedrado torpe, ni la fuente sin espíritu. Y quedarse allí, bajo los tilos, y sentarse en alguno de los pocos bancos de piedra que no han demolido. Buscar con el rabillo del ojo a algún pájaro en las casetas colgantes. Quizá sea en este banco donde se pueda encontrar algo de lo que quede del genio del lugar, sentir a los que ya no están a través de nosotros. A quienes disfrutaron de este jardín cuando era un jardín. Y comprender lo sagrado de un banco y de una sombra, aunque sea una sombra avergonzada. Esto sigue siendo un tesoro. Alguien que se siente y bendiga el estar vivo. En este banco desdentado o en otro, alguien seguirá soñando cuando los incapaces que han perpetrado este crimen sean olvido.

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