Xabier R. Blanco
CLAVE GALICIA
Portero de noche
Todavía hay instituciones que resisten en un mundo sometido a la lógica de la confrontación, donde la política económica se transforma en espectáculo y el análisis racional cede ante el impulso. Aún hay brújulas bajo la tormenta. La decisión del Banco Central Europeo (BCE) de recortar los tipos de interés hasta el 2,25%, apenas dos semanas después del estallido del nuevo caos arancelario desatado por Donald Trump, es mucho más que un movimiento técnico: es una declaración política de madurez.
Mientras Estados Unidos parece haber asumido con naturalidad su deriva hacia el cortoplacismo y el intervencionismo político en los asuntos monetarios, Europa responde con una estrategia sostenida, consciente y, sobre todo, institucional.
El FMI recorta previsiones de crecimiento global y los inversores muestran inquietud ante el deterioro económico de EEUU
Christine Lagarde lo dejó claro: el BCE está dispuesto a actuar con rapidez, pero no a ciegas, sino con los datos en la mano. Con la inflación ya en el 2,2% y una demanda interna debilitada, la decisión de recortar tipos se sostiene tanto en el análisis como en la prudencia. Pero es el contexto lo que la vuelve trascendente. No se trata solo de números, sino del modelo de gobernanza, que está en juego.
En Washington, Trump presiona abiertamente al presidente de la Reserva Federal, Jerome Powell, a quien ha llegado a amenazar con la destitución por no plegarse a sus deseos de una política monetaria ultralaxa. La idea misma de que un banco central actúe con independencia –principio sagrado de la política monetaria moderna– se ve amenazada por el impulso populista de un presidente que ha convertido el desacuerdo en traición y la gestión económica en herramienta electoral.
La agresiva estrategia de guerra comercial impulsada por Trump, que pretendía revertir lo que consideraba un “almuerzo gratis” del resto del mundo a costa de EEUU, ha resultado un bumerán. Desde su puesta en marcha, los índices bursátiles estadounidenses han caído en picado, el dólar se ha depreciado y los mercados de Europa, China y América Latina han experimentado subidas –algunas de ellas incluso notables– que contradicen la lógica simplista del castigo arancelario como mecanismo de dominación.
El sistema internacional está reaccionando al ataque reconfigurando equilibrios y activando resortes de resiliencia que, hasta hace poco, parecían oxidados. En este nuevo mundo de alianzas cambiantes, bloques en formación y creciente proteccionismo, la economía global ha pasado de la cooperación al sálvese quien pueda. Y, sin embargo, Europa ha elegido un camino distinto.
El BCE no ha jugado a esconderse tras la incertidumbre. Tampoco ha adoptado la parálisis de otros bancos centrales que, como el de Canadá, han optado por congelar tipos tras varios recortes. Ha hecho justo lo contrario: ha profundizado en su política de flexibilización, consciente de que el mayor riesgo hoy no es la inflación –ya moderada–, sino el frenazo económico. Fortalecer el crédito, sostener el consumo, facilitar la inversión: esa es la receta europea. Y no hay que confundirla con debilidad. Al contrario: es una muestra de fortaleza institucional.
Hay consecuencias de esta bifurcación. Mientras la directora del FMI, Kristalina Georgieva, advierte de una revisión a la baja de las previsiones de crecimiento global –sin anunciar una recesión inminente–, los inversores observan con creciente preocupación el deterioro económico de EEUU.
Si algo ha demostrado el BCE es que la política monetaria puede ser audaz sin ser temeraria, y proactiva sin ser impulsiva. Hay decisiones técnicas que pueden ser profundamente políticas. En un momento en que el orden económico internacional se tambalea, los bancos centrales no solo fijan tipos: marcan el rumbo. Y en este sentido, el BCE reafirma el modelo europeo de estabilidad, diálogo y autonomía, frente a la deriva autoritaria que aflora en la gestión de Trump en EEUU.
Se ve que Europa toma nota de lo que pasa en EEUU. No basta con resistir: hay que reivindicar el modelo. Porque las amenazas no vienen solo del exterior. También dentro de nuestras sociedades crece el discurso fácil, el desprecio por las instituciones, la tentación del atajo populista. La respuesta del BCE es, también por eso, una lección cívica: frente al estruendo, serenidad; frente a la arbitrariedad, reglas; frente a la tentación del poder personal, la fortaleza de lo colectivo.
@J_L_Gomez
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