Xabier R. Blanco
CLAVE GALICIA
El récord Guinness que espera en Lugo
HISTORIAS INCREÍBLES
Ya a finales de octubre le parecía a Mu, ese chavalín del que hemos hablado largo y tendido en nuestras historias de los Domingos, que el mundo se venía un poco abajo. Le ayudaba a pensar de aquella manera, ahora en otoño, ese gris marengo del que se pintaba todo. Hace casi nada si mirabas a través de la ventana de la cocina, en la hora del desayuno, veías al sol espatarrado sobre la verja de la casa, sobre el palomar blanco y cilíndrico, sobre el ir y venir de la gente montada en bicicleta.
Pero en cambio, ahora, es como si se hubiesen acabado los colores. Las ventanas lloraban a lo loco cuando estaba lloviendo y hasta los gatos ni siquiera salían de correrías y se quedaban dormitando en cualquier esquina del almacén del boticario.
A eso de la caída de la tarde el cura llamaba al rosario y allí se iba él para descubrir esas cosas maravillosas que sólo encontraba en la Iglesia. Porque la iglesia era como un mundo paralelo en el que todo sucedía de otra forma. En una de esas tardes se quedó pasmado de que el viejo clérigo retornease una frase que repetía tres veces con solemnidad y aplomo, al final de todo aquello: “¡ánimas benditas del Purgatorio, rogad por nosotros!”.
Como anduvo preguntando a todo quisque sobre qué significaba aquello, se lo fueron diciendo y explicando si la pregunta estaba fácil, y para lo más complejo le mandaban mirar una imagen repujada en madera de eucalipto, que lucía según se entraba en el recinto y a mano derecha sobre la pila del bautismo. Allí se fue no sólo aquella vez sino muchas más, porque aquello que vio le pareció maravilloso: Había hombres, mujeres, reyes con sus coronas y obispos con sus mitras, según le explicaron. Estaban desnudos de la cintura para arriba, pero lo demás lo tenían cubierto de llamas de fuego. Le pareció a él que es como si se estuviesen cociendo.
Él les daba las gracias, a las ánimas, claro, pues suponía, desde entonces, que estaban cercanas, cariñosas, y ocultas tras la neblina que se desperdiga irradiando una paz húmeda por la montaña.
Pero si era asombroso y emocionante, lo era porque, aunque estaban achicharrándose en el terrible fuego, todos tenían las caras serenas y sosegadas. Incluso le parecía que la monja que llevaba su cofia blanquinegra estaba sonriendo. Todos miraban como esperanzados hacia una luz que el escultor había hacía surgir de una copa pintada de plata. La abuela le explicó que eran gente que habían hecho algunas pocas cositas malas y en el Purgatorio todo se arreglaba. Él pensó que también era de esos cuando hacía una trastada.
Por eso cuando iba a recoger las castañas al soto le gustaba suponer que el rumor de la caída atolondrada de los erizos y el pequeño viento que las empujaba para que cayesen dispersas o agrupadas, no era pura casualidad. Él les daba las gracias, a las ánimas, claro, pues suponía, desde entonces, que estaban cercanas, cariñosas, y ocultas tras la neblina que se desperdiga irradiando una paz húmeda por la montaña.
Más tarde cuando ya era Mu un jovenzuelo al que le apuntaba la barba y la voz se le había puesto en acorde de Fa mayor, recordó y comenzó a entender que por eso el Señor, como decía el credo, “descendió a los infiernos”. Al morirse los humanos quedan fuera del tiempo y del espacio. Visitándolos allí, en el mismo instante, a todos los que en el mundo han sido, son o serán les hizo la pregunta que le hizo a Pedro: “Tú, ¿me quieres más que éstos?”
Qué fácil ponen las abuelas la teología y la esperanza.
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