Sobre la bici tempranista

LOS ASUNTOS IMPORTANTES

Publicado: 16 ago 2026 - 06:40
Sobre la bici tempranista
Sobre la bici tempranista

Cada día es un acontecimiento que debemos celebrar. Celebrar con agradecimiento y haciendo fuerza en el ahora. Hay que echarle presencia para estar a la altura de este regalo que es la vida. Por eso, agradecerlo todo, agradecerlo mucho, agradecerlo siempre. Agradecer pero sin flipárselo, que la cosa de existir no requiere de afectación ni de pamplinas. Estar aquí termina por resabiarnos, cuando las rutinas desgastan la magia de la existencia y acabamos dando por sentada la salud de este cuerpo, el girar de este pedrolo planetario, la contentura en nuestro corazón.

Cada bicho debe tener sus rituales de bienvenida al día, que quizá comience con unas pequeñas disciplinas en la esterilla, un vistazo a la luz que aparece en la sierra y algún café decente, medio bueno, medio ramplón, que estos tiempos de colapso no están para demasiados remilgos. Para los primeros recoloques está la bicicleta de las horas amanecientes, que es un regalo que nos recuerda las razones buenas para estar aquí antes de que la península sea un desierto. Ajustadas las luces y enganchados los pies al eje rodante, se sale de casa bajo el dosel de robles viejos no ardidos ni talados, un milagro en este espacio-tiempo. Vamos degustando en la nariz la humedad del suelo siempre cubierto de hojas, quizá notando en las ruedas el reventón de alguna bellota, sintiendo el primer rocío en los brazos que nos sujetan, el llamado de los pájaros que todavía están a este lado del mundo.

Sobre la bici, con el día nuevo, somos también nuevos. Es bueno examinar el estado del cuerpo, sentir el bombeo del corazón y el fuelle de los pulmones, del organismo que está vivo a pesar nuestro, que empuja la bicicleta y es lo bastante fuerte como para hacernos pasajeros de nosotros mismos. Ahora la vida no duele. La rodilla no cruje, el espinazo se vuelve uno en su recipiente de carne. Todo está bien. Maravillosamente bien. Apenas ha hecho falta empujar esta máquina de hierro y hacer girar su cadena infinita para bombear todo el asombro.

Este estado de presencia sirve también para pasar revista a la cabeza, evaluar la agitación propia, los miedos ambientales, las preocupaciones periféricas que enturbian la alegría. Rodamos en el presente, con la frescura de las luces primeras, que todavía son amables y nos recuerdan que, cuando el hombre aún no había endiosado a la máquina ni sometido a la tierra, en este planeta sobrecalentado en el que viajamos todavía era posible la vida. Entonces, a la vez que agradecidos, podemos guiñar un ojo al águila que está en el poste buscando alguna liebre despistada, ajena al colapso, antes de que este lienzo de bosque desaparezca bajo el pavimento o el suelo se contamine para siempre con los vertidos de algún engordadero criminal. Tal vez haya suerte para alguna visión de eternidad si nos cruzamos con el corzo, el jabalí, el zorro o algún otro ser salvaje que malvive a las orillas de esta civilización de fin del mundo. Pediremos protección para todos al pasar frente a la hornacina del santo en el cruce de caminos y tendremos buenas palabras para las golondrinas si todavía están las golondrinas. Hay que detenerse en el puente al bajar hacia el río y escuchar la voz que tenga, su gluglú fenomenal o la ausencia seca, cuando el río va por debajo del río. Guardaremos toda la fuerza antes de regresar a la carretera y cruzar el túnel. Allí gritaremos largamente algún berrido fenomenal. Hemos vivido una aventura. El día ya ha merecido la pena.

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