Isaac Pedrouzo
¡ES UN ANUNCIO!
La farmacia Cobain
Hace unos días una amiga subió a su Facebook una filmación antigua de la televisión francesa con Charles Aznavour que murió hace unos años, cantando “La Bohême”. Charles Aznavour cantaba como los ángeles en el caso de que los ángeles sepan cantar, algo que aun está por descubrir. El caso es que me la puse diez o doce veces de lo bonita que era. No puedo quitarme la melodía de la cabeza desde entonces: “La Bohême, la Bohême”.
Por cierto que Charles Aznavour era armenio, un inmigrante, eso que no le gusta nada a los de Vox y a otros grupos políticos por aquí últimamente. Pero al final el hombre acabó siendo más francés que Charles de Gaulle. El aeropuerto de París, cuya señalética diseñó mi ex jefe de Nueva York, Massimo Vignelli, debería llamarse Charles Aznavour y no Charles de Gaulle. Esto es una sugerencia que hago para quien le interese.
La letra también es maravillosa. A pesar de conocer la canción de sobra, nunca me había fijado a fondo en la letra que en el vídeo de mi amiga está subtitulada y me ha permitido entenderla mejor ya que mi francés es malo: “Éramos jóvenes, comíamos un día sí y otro no, estábamos locos, teníamos los estómagos vacíos pero éramos todos genios en Montmartre, la bohemia, la bohemia”. Más o menos.
O bien: “A veces pasaba la noche en vela, pintando delante de mi caballete, retocando la línea de un seno o el contorno de una cadera, y acababa agotado pero encantado al amanecer con un café con leche, porque quería amar la vida.” Más o menos.
No creo que fuera la bohemia de Montmartre como la de la canción, pero yo tuve pude vivir algo parecido. También me pasé noches en vela de chaval retocando una curva en un cuadro, en un dibujo, o un color, y tal vez por eso la canción me emociona. Viví un año en Santiago de Compostela de estudiante y tenía un caballete y pinceles en la habitación. Una habitación muy grande que compartía con un amigo y ambos respirábamos incluso mientras dormíamos, todos aquellos vapores de óleos, aguarrás, trementina y disolventes. Quizá eso nos enfermó a ambos. No lo sé.
La canción de Charles Aznavour empieza diciendo: “Os voy a hablar de un tiempo que los menores de veinte años no pueden recordar. Un tiempo en el que las lilas colgaban bajo nuestras ventanas.”
Nosotros no teníamos lilas bajo las ventanas, aunque vivíamos en la calle Jazmines, así que algún aroma nos tendría que tocar de cerca. A jazmín, supongo. Pero no tengo un buen recuerdo de esa época. A pesar del poético romanticismo de la bohemia en la canción, la bohemia no es bonita. Es mala de caray.
La primera vez que estuve en París le compré un cuadrito a uno de esos pintores de Montmartre. Un cuadro diminuto del Sacré Coeur, que perdí hace años. No lo echo de menos.
Contenido patrocinado
También te puede interesar
Isaac Pedrouzo
¡ES UN ANUNCIO!
La farmacia Cobain
Emilio R. Portabales
TRIBUNA
O teatro de Xavier Prado Lameiro e a Coral De Ruada
Arturo Maneiro
PUNTADAS CON HILO
La mujer del presidente
Itxu Díaz
CRÓNICAS DE PRIMAVERA
Todas las parejas felices son inesperadas
Lo último
900 METROS CUADRADOS
El nuevo espacio de empleo de Carballiño sale a licitación
SEMANA SANTA
Pasión con la Legión y su Cristo de la Buena Muerte
COLAPSO DE LA ESTRUCTURA
Arranca la limpieza del cauce del Támega en la “presa mai”