Sobre el café

LOS ASUNTOS IMPORTANTES

Publicado: 04 oct 2026 - 06:50
Café recién hecho siendo servido.
Café recién hecho siendo servido. | @txarka.ilustracion

La palabra desayuno es fantástica. Su propia etimología es la negación de la renuncia. La voluntad de comer. De llenar el buche a propósito con el día nuevo. La acción de meterle algo al cuerpo, aunque no hubiera que hacerlo. Esta cosa de romper el ayuno también la aplican los franceses (dis-jejunare) e ingleses (break-fast) y es hermoso pensarlo así, porque el cuerpo se reinicia con el espíritu regresando tras el sueño para ingerir calor en forma de alimento alterando el sacrosanto silencio de las tripas, como si el ayuno, la renuncia, fuese el estado natural de nosotros mismos.

Cada mañana, por tanto, rompemos el ayuno, quebramos la paz de los adentros, para que sigan conservando el calor de la carne, en nuestra misión de mantenernos vivos y calientes, como pequeños soles, a partir de alimentos que antes de alimentos también fueron energía del sol, que es el gran alimentador interespecies. De un tiempo a esta parte, en esta aceleración atómica de la historia humana, nos han colado el café como la droga inestimable de la eficiencia. Esa infusión espabilatoria nos consigue más despiertos, más energéticos, más tenaces con la cosa de la vida y de la producción, por eso no falta en aldeas y avenidas, en oficinas y hospitales, para encendernos con una voluntad ajena y entregarnos al producir, que es algo a lo que todo buen espíritu debería resistirse. Los chinos ya sabían que el más alto ideal de sabiduría humana era el arquetipo del vagabundo (“demasiado orgulloso para pedir favores, demasiado independiente para trabajar”) y los vagabundos chinos apenas tomaban té, el (suave) excitante del mundo oriental y, por supuesto, no trabajaban.

Tampoco hay que permitir que lo excelente se adueñe de lo cotidiano, que lo excelente rompe el milagro de la normalidad y se impone lo extraordinario.

Cafeteamos para abrir el día. Y cafeteamos generalmente mal. Cafeteamos mal en este país donde se sigue sirviendo el café torrefacto, que no es otra cosa que granos untados de azúcar y tostados (una peligrosísima invocación al tumor) y se infusiona en máquinas mal operadas, con cafés de mala calidad, tostados con poco amor. Pero no hemos venido aquí a decir cómo tiene que hacerse el café ni a ponernos integristas, que tanto peligro tiene un cafetista listón como un camarerucho timador. El café es la costumbre de nuestro desayuno continental y convendría, como las cosas circulares de la vida, dedicarle un espacio bondadoso, nunca radical, pero sí impecable, porque es la manera sólida de saludar al día y los alimentos, los que están ricos, son la encarnación física de la felicidad. Seamos felices cada día con un café bueno.

Un café bueno pero no excelente. Tampoco hay que permitir que lo excelente se adueñe de lo cotidiano, que lo excelente rompe el milagro de la normalidad y se impone lo extraordinario. Este tipo de excentricidades hacen difícil después el encontrar maravilloso lo ramplón, que es como tendríamos que ir por la vida.

Desayunamos café ultramarino. Café tropical. Café de lejos. Y hay que despedirse del café como nos despedimos del mundo, que quizá pronto no pueda cultivarse en el mundo de sobrecalor y sequías que ya estamos viendo. Para eso hay que elegir algún café honesto y darle en la mañana el tratamiento justo, sin flipárselo. Esto es: molerlo a mano, infusionarlo en la prensa francesa o en la moka italiana (incluso en el calcetín patrio, que es una manera muy onerosa, si se tiene tiempo) y recibir al día reiniciando los procesos del cuerpo con esta crema y aroma. Beber un café primero al que diremos adiós, como habremos de decir adiós al planeta y a los rincones amados, en esta desaparición civilizatoria que nos ha tocado vivir. Desayunemos, por tanto, cafés de despedida. Diciendo adiós se aprecia todo mejor.

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