Miguel Michinel
TINTA DE VERANO
Os Caladiños
TINTA DE VERANO
Llegó la Semana Santa, festividad de tradiciones donde las haya prácticamente en cualquier punto del país. El fervor religioso va de la mano con el espectáculo en algunas regiones, como Andalucía, donde la lluvia que tanta falta suele hacer -y que tan bienvenida es durante todo el año-, convierte la celebración en tragedia si coincide con las procesiones de los días grandes, impidiendo que desfilen los sagrados pasos, para evitar su deterioro.
Sería arriesgado comparar Galicia con Andalucía en este punto, pues, salvo algunas famosas excepciones, la afluencia de público y de pasión a este tipo de actos están bastante lejos del que se vive en el Sur. Pero no por ello hay que dejar de poner en valor algunas de nuestras señas de identidad. De hecho, en nuestra propia ciudad podemos asistir a uno de los actos más sobrecogedores y singulares: la procesión de Os Caladiños.
El trayecto discurre por el casco histórico de la ciudad, normalmente partiendo desde la iglesia de la Trinidad, creando una atmósfera de recogimiento única debido a la estrechez de las calles y la iluminación tenue. La marcha se caracteriza por el silencio absoluto, solo roto por el sonido de las cadenas de algunos nazarenos y el rítmico golpe de los báculos, muy acorde con el significado del Viernes Santo en la liturgia católica.
Así, lo que define a esta procesión es el silencio sepulcral y de ahí su sobrenombre; aunque, en realidad, los fieles acompañan a la imagen de la Virgen de la Soledad, en señal de duelo, por lo que su nombre real es “procesión de la Soledad”. Desde la Plaza Mayor o en la Rúa do Vilar, el paso de la imagen bajo los soportales, con la piedra antigua de Ourense como telón de fondo, resulta una imagen especialmente fotogénica e impresionante.
El regreso de la comitiva a la iglesia, deshaciendo en penumbra el camino recorrido, simboliza nuestra propia tragedia
Es curioso que la procesión más conmovedora de esta ciudad sea precisamente la que exige mayor contención. En tiempos donde el chillido parece haberse impuesto como forma natural de comunicación institucional, donde el exabrupto sustituye al argumento y la estridencia ocupa el espacio que debería reservarse al diálogo, Os Caladiños proponen una pedagogía sencilla y antigua: a veces, el silencio resulta más elocuente que cualquier palabra.
Aunque, ciertamente, también hay otra forma de verlo con un punto más de autocrítica. Quizás nos hemos acostumbrado aquí a no alzar demasiado la voz, para no contrariar, a callar ante la mala gestión, a ignorar que el futuro de Ourense depende en buena medida de sus habitantes. Nos hemos habituado a no rebelarnos, a pensar que todo ha sido siempre así y que nada tiene solución. De tanto estar “caladiños” hemos pasado a ser “os caladiños”.
El regreso de la comitiva a la iglesia, deshaciendo en penumbra el camino recorrido, simboliza nuestra propia tragedia. Volver al punto de partida debe servir para evaluar con honestidad el camino recorrido. Pero una ciudad como la nuestra, tan acostumbrada a dejarse atrapar en sus propios bucles, se ve reflejada en ese retorno como el espejo de la oportunidad perdida para preguntarse si el trayecto ha merecido la pena.
Cuando despunte el alba y los últimos cirios se apaguen en las callejuelas del casco viejo, la ciudad recuperará su pulso habitual, sus certezas y sus perplejidades, sus obras a medio terminar y sus promesas por estrenar. Pero algo quedará flotando en el aire húmedo de la mañana, un residuo de dignidad compartida que ningún titular puede recoger fielmente. Que, a lo mejor, ha llegado el momento de alzar la voz.
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