Eduardo Medrano
Motín de Esquilache
LA CIUDAD QUE TODAVÍA ESTÁ
De niños no entrábamos en el cogollo medieval de Auria. Entonces era un yonkódromo a cielo abierto y lo poco que conocimos lo fuimos magnificando con los años. Como esa vez que papá y mamá tenían que dar un pésame en la plaza de San Marcial y nos dejaron esperando dentro del 1500 blanco con los seguros bajados. Al otro lado del cristal era como estar en el San Francisco del fentanilo que sale hoy por televisión. Quizá por eso descubrí la ciudad vieja con tanta hambre. En pocos paseos elegí (o me eligieron, porque son los lugares los que eligen la compañía de los vivos) algunos sitios favoritos, supongo que todos lo hacemos.
La Canella Cega está rodeada de edificios venidos abajo, fachadas que son puro escombro, arquitecturas colapsadas irrecuperables
Uno es este, la Canella Cega. Se llama canella porque es una calleja pequeña y cega porque es un cul-de-sac, una calle sin salida. Se entra desde la ría do Vilar, que tiene el sabor de una pequeña Compostela, y es como ingresar en una ciudad diferente. Una ciudad-pueblo, con casas tradicionales anexas a pequeñas huertas y bodegas en los bajos con sus rejas de madera, de cuando toda la ciudad era un lugar de vino. Aquí se comprende la aldea que está por debajo, se consigue completar la ingenuidad del trazado medieval y se puede dar esquinazo a la sopa urbana de Auria, que es humilde pero bullera. En cambio, la Canella Cega es sobre todo un lugar de silencio, donde se sigue encontrando una maravillosa paz campesina, de huerta interior, como un secreto oculto. Un silencio que se paladea con gusto, a pesar del estado general. Porque la Canella Cega quizá deje de seguir existiendo muy pronto.
Hubo un tiempo ahí atrás que quisieron convertir la Auria vieja en un Oviedo, o una Lisboa o un Nápoles. Se trataba de lavar la cara de un casco antiguo ruinoso y despreciado, desplazar a los viejos habitantes (algunos ancianos, otros lumpen) y maquillarlo todo para el frotamiento inmobiliario y el especulismo, porque era impensable cómo todas las ciudades del mundo cristiano menos Auria rehabilitaban su núcleo histórico y, de paso, algunos hacían caja. Algo comprensible hasta cierto punto, no seamos ingenuos, pero esta ciudad es un caso clínico a estudiar. En todo este tiempo no ha pasado nada -y nada, en Ourense, quiere decir nada (me ha costado 20 años de expatriaje comprenderlo)- y, si ha pasado algo, ha sido siempre una mala noticia. La Canella Cega está rodeada de edificios venidos abajo, fachadas que son puro escombro, arquitecturas colapsadas irrecuperables. Del antiguo sueño urbanizante se conservan unas luces de suelo algo horteras, de esas que quieren hacer una experiencia sensorial de lo histórico, y se restauró alguna fachada cosméticamente, como la última casa, que es la única habitada y despliega sobre la plaza un hermoso repertorio de macetas al otro lado de una valla irregular que alguien ha puesto como frontera. Si preguntas, la propia señora de la casa te dirá que la vende, que sus hijos no la quieren. Quizá no la quieren porque es una casa entre ruinas. Todas las que la rodean están caídas o envueltas en mallas antidesprendimientos. Aún así se puede ver a través de ellas y admirarse de los pequeños patios donde sobresale un arbolito (creo que era un saúco), las maravillosas galerías con ventanas de guillotina en castaño o las escaleras de cantería paisana. Sigo entrando en la Canella Cega de vez en cuando para ese regalo de silencio campesino, para ir certificando como un forense la muerte clínica de los edificios y para soñar la otra ciudad que habría podido ser Auria si no fuera Auria.
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