Cosas que no convienen | Presumir de lo que debería dar vergüenza
La movida del shopping. Arrasar en las tiendas no es una buena noticia. Tener el corazón agitado y la mente loca por estrenar cosas es terrible para las personas y mortal para el planeta. Pronto admiraremos al vagabundo y al suficiente
Viajar en avión. Llenar de querosén esta atmósfera enferma tendría que ser motivo para un escrache social. Los países avanzados ya sienten vergüenza de volar, el flygskam, porque saben que en el avión empieza este ecocicio planetario.
Perderse para encontrarse. Eso de buscar una vida nueva en Bali, vivir a todo lujo en países de hambrientos o zamparse las despensas de sociedades pobres no convierte a nadie en alguien admirable, sino todo lo contrario. Es un abuso.
La movida del shopping. Arrasar en las tiendas no es una buena noticia. Tener el corazón agitado y la mente loca por estrenar cosas es terrible para las personas y mortal para el planeta. Pronto admiraremos al vagabundo y al suficiente.
La cosa del delivery. Ejercer de vago y pagarle a otro con menos suerte para que vaya a por ti a comprar comida o tabaco tendría que estar castigado, al menos, con la indiferencia social. Todos sabemos que el responsable del malpagado y vapuleado currela de Ubereats no es otro que quien lo llama vía app.
Un coche fardón. Invertir una buena pasta en distinguirse de los demás debería estar mal visto. Conducir un coche fardón significa generalmente vivir por encima de nuestras posibilidades y habitar ese hombre unidimensional cuyo coche es su alma.
Un coche fardón eléctrico. Porque el problema no es la energía que lo empuje o si se le permite entrar o no en la zona de bajas emisiones (deberíamos expulsar a todos los coches de las ciudades, sin distinción). El asunto está en la cabeza abombada que necesita el aplauso y la admiración de los otros.
Beber agua embotellada. Es una especie de enfermedad la cosa de comprar esos botellones en el supermercado y desechar el agua del grifo como si fuera un asunto de buen gusto. Beber agua embotellada tan sólo sirve para ser un pardillo que se desloma al subirla a casa y llena su organismo de microplásticos.
Geolocalizar un lugar hermoso. Esa gente que identifica lugares en Google Maps o en el GPS de Instagram debería ser lapidada. Con su chincheta acaban con los lugares que un día fueron los lugares favoritos de alguien y ayudan a convertirlos en frivolidades masificadas. Gentrificar paraísos y descubrir secretos es una desvergüenza. Si conocéis a alguien que geolocaliza, negadle la palabra. Y si es de vuestra familia, desheredadlo.
Fardar de vinos lejanos y alimentos exóticos. Lo que viene de fuera, sea un kiwi o un madero, es parte del mismo problema civilizatorio. O cerca o nada, copón.
De presumir, en general. Quizá algún día se imponga el sentido común en este mundo de flipados y nos demos cuenta de que todo está bien, a pesar de todo.