Cosas que convienen | Gestos pequeños que quizá sean importantes
No pisar los charcos. Ese charco del camino es fuente de pájaros e insectos, también de zorritos y corzos. Conviene rodearlo con la rueda de la bicicleta para que permanezca inalterado y siga siendo vida que da vida mientras no regresan las lluvias.
Desacelerar en el bosque. Cuando uno cruza la frontera de la civilización y entra en los pocos trozos de territorio en los que consiguen malvivir (y con muchísimo estrés) el zorro y el tejón, debe ir más lento. No se debe alterar a la fiera que nos observa en los márgenes, ni sorprender a quien ha decidido ahorrar tiempo yendo por el camino de los hombres.
No pisar bebés. Es muy sensato caminar lento cuando estamos bajo el dosel de robles. Debemos procurar no pisar los árboles nacidos de hace poco, que crecen a la sombra de sus madres lenta, pacientemente. Ellos son el próximo bosque y tienen en sus entrañas la tenacidad de la vida futura. Vigilemos nuestros pies.
Dar unos golpecitos en la cal. Conviene golpear las paredes de las ruinas y llamar a los que ya no están. Quizá no estén muy lejos. Hay que advertirles de nuestra presencia. Decirle que somos nosotros los que estamos ahora aquí.
Hablar bajito. Es importante no hacer ruido cuando llegan el cárabo y la lechuza. Hay que respetar su caza íntima y regresar a nuestra dimensión de especie pequeña e ignorante. Dejemos la oscuridad a quien le pertenece.
Apagar las luces. Para que la noche consiga ser noche y permitir a nuestros ojos maravillarse con el misterio del firmamento. Respetar la oscuridad es respetarse a uno mismo.
Guardar las migas de pan. Y derramarlas sobre el pasamanos del corredor o en el alféizar de la ventana de la cocina. Que nuestras sobras sean la alegría de otros.
Escuchar al río. Detenerse a escuchar su gluglú mágico nos sitúa en un plano mejor del existir. El agua viva nos recuerda todo lo vivo en nosotros. No hace falta tocarla, sólo escuchar su discurrir milagroso.
Saludar a la ninfa. Cuando el agua sale del vientre de la montaña y ve la luz por primera vez, hay que recibirla con un gesto de gratitud. No es bueno llenar la cantimplora directamente o beber con las manos sin dedicarle un pensamiento a las criaturas custodias de las aguas. Conviene recordar que el naciente es realmente suyo.
Dar las vueltas rituales. Cuando uno sube a la roca sagrada, que es la panza del mundo enfriada a la intemperie, debe hacer como hacían los antiguos: rodearla tres veces. Una vuelta por el cuerpo, otra por el alma, otra el espíritu. El rito nos vuelve inocentes y nos recuerda que todo vuelve a comenzar. Que así sea.