La casa cerrada que es todas las casas

Publicado: 22 oct 2025 - 06:55
La casa cerrada que es todas las casas.
La casa cerrada que es todas las casas. | JOSÉ PAZ

La guerra está perdida. Lo que quede de pasado se irá por el tragante. Silenciosamente. Sin que a nadie le importe. De la ruina al solar y del solar al vertedero. Si la humanidad todavía no ha colapsado, en dos generaciones no sabrán qué es una ventana de castaño, ni un suelo bien puesto, ni una filigrana esculpida en piedra. Y quienes lo consigan, será gracias a otras geografías más amables. Aquí, en el país del minifundismo físico y espiritual, seguiremos viendo al oportunista, al miope y al alcalducho retirar la belleza de las calles pronunciando una palabra que no han comprendido bien: futuro. Y es que los habitantes de superficie siguen empeñados en destruir lo anterior, como si fuese mandatorio sustituir lo bien hecho.

Destruir el pasado es un síntoma de atraso. Quien no entiende de dónde viene no puede saber a dónde va. Es terrible que hayamos normalizado la destrucción como parte del proceso de vivir, tirando con todo lo que había antes para dejar lo nuevo, que casi siempre es peor. Un lugar es bello por lo que han ido dejando los antiguos, que generalmente tenían mejor gusto, trabajaban con materiales nobles y conseguían invocar a la belleza con las manos. Salvo algún ejemplo histriónico, es lo viejo lo que realmente inspira a los corazones, trae consigo un valor moral y hace del tiempo un vínculo ético. Los franceses lo saben. Nuestros vecinos portugueses, también. Lo que ya está hecho es el tesoro de la memoria colectiva y debería ser intocable. Y para serlo realmente hay que comprenderse a uno mismo. Tener una idea de la identidad propia, saber a dónde se quiere ir como colectividad. En una ciudad honorable, se disfruta de lo antiguo y se sortea al pegote contemporáneo como el truño de un perro. En Auria, en cambio, se ensalza la casa fea, se jalea la catástrofe y se deja caer todo lo hermoso.

Es una belleza entre horrores y contiene la semilla de la salvación

En el número 48 de la Avenida de las Caldas está la casa cerrada que es todas las casas. Un edificio sencillo y sin lujos, pero con la verdad hermosa de tiempos artesanos. Verla es comprender el despropósito de la ciudad. Es un edificio de dos pisos con un pequeño ático. Está construido en buena cantería de piedra del país con detalles hermosos, como las molduras y cornisas en piedra que jerarquizan la estructura. Todo se conserva: el portón de entrada con el llamador de mano en hierro fundido, la carpintería de madera con sus contraventanas. Es un edificio hecho para vivir y no para comerciar, por eso tiene un entresuelo en el piso bajo y, por supuesto, ningún voladizo especulante que tan horrorosamente ha normalizado la cosa del hormigón armado. Los años lo han dejado sin vecinos pero parece conservado íntegramente. Dentro, intuimos, estará lleno de tesoros, buenas escaleras, placas de baldosa hidráulica, grifos preciosos. Ahí está, abandonado a su suerte con la connivencia de las administraciones, que permiten la desocupación y la casa vacía sin fundir a impuestos a sus propietarios, porque nadie parece lamentar que el pasado se degrade ni que la vivienda funcione como un casino. Los cables de la electricidad han afeado la fachada como un bigote postizo, como afean el nuevo número de portal que trajo la patanez consistorial y, algo imperdonable, el suelo de la calle, elevado tras obras múltiples, que rompe el equilibrio del edificio. Pese a todo, da gloria verlo. Es una belleza entre horrores y contiene la semilla de la salvación. Mirarlo aquieta el corazón y nos recuerda que todo podría haber sido distinto. Siempre que paso por aquí le dedico un pensamiento.

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