Casares, un sembrador de historias

LA BELLEZA SIN TESTIGOS

Publicado: 10 ago 2025 - 00:10
Carlos Casares
Carlos Casares | La Región

Carlos Casares, creo que como a todos los traídos a esta sección veraniega de La belleza sin testigos, es posible abordarlo desde múltiples perspectivas. Un elogio a los numerosos dones que iluminaron su trayectoria, y un problema para quienes, como ahora es mi caso, pretendemos una breve síntesis aproximativa. Porque Carlos Casares ha sido, fue, muchas cosas, en su sin duda corta y apretada vida (Ourense, 1941-Nigrán, 2002). Sin ánimo de exhaustividad, Casares fue escritor de novelas y también un muy dotado articulista; notable biógrafo y narrador oral sobresaliente; editor, académico, conocedor de los entresijos literarios de altura, incluidas las bambalinas del Nobel de Literatura y, por abreviar esta relación, interesado en la política, divertido amigo de sus amigos y dedicado esposo y padre de familia.

Las buenas historias pueden empezar a contarse por donde el narrador quiera, aunque una de las más convencionales sea la de iniciarlas por el principio. En el caso de Carlos Casares conviene empezar por ahí, por el Xinzo de Limia de los primeros pasos. Un escolar que con apenas diez años llama la atención de su profesor cuando este lee el ejercicio de redacción que ha pedido a sus alumnos. Cuenta en ella la libertad recién ganada; hace apenas unos días que sus padres le han dejado salir solo, sin la tutela de un familiar, a jugar en las calles, en la orilla del río, el Limia, con sus amigos. Carlos escribe de estos nuevos horizontes ganados y de sus sentimientos al respecto. Poco más necesitó para que, desde entonces y hasta el final, fuera considerado un escritor en pleno derecho.

El mundo familiar, ordenado, tranquilo de Xinzo, donde vivirá hasta su ingreso con once años en el seminario menor de Ourense para cursar el bachillerato, será siempre un lugar al que, ya adulto, volverá para visitar a amigos y familiares, recorrer sus calles, recordar las tardes en el río y los partidos de fútbol, porque Casares fue futbolista en el equipo de su pueblo, el Antela F.C. Del mundo de Xinzo, del mundo de la infancia, Carlos Casares dejó numerosos testimonios, algunos de ellos en forma de artículos reunidos en el libro Á marxe do Limia. Son, como siempre, un conjunto de breves comentarios sobre tipos raros, brutales unos, lastimosos otros; anécdotas de una sociedad rural, de pequeños comerciantes, de emigrantes más o menos fachendosos, de los primeros amores.

La conversación interminable

Antes de incorporarse a la facultad de Filología en la universidad de Santiago de Compostela y todavía en el instituto de Ourense, Carlos Casares ganará un premio literario local y se hace amigo de un miembro del jurado, el histórico galleguista, Vicente Risco. El autor de O porco de pé, será el primero de los futuros y casi sucesivos amigos de Casares, junto a Ramón Piñeiro y Gonzalo Torrente Ballester, que tendrán en común la notable diferencia de edad y la influencia ejercida sobre nuestro autor. Todos ellos van a ayudar a conformar en él un carácter plácido, dialogante, tendente al humor y al compromiso con la política y, sobre todo, la cultura en Galicia. Estas relaciones pondrán también de manifiesto la innata cualidad de Casares para establecer relaciones personales duraderas; para conectar tradiciones que el paso del tiempo y las circunstancias, tantas veces dramáticas, habían distanciado. Carlos Casares será para siempre, un hombre con quien se podía contar. Ayudaba su carácter abierto, la voluntad para acercar posiciones, tender puentes y facilitar el diálogo y la concordia. Una labor intergeneracional que el país necesitaba para reinventarse, para crear las bases comunes desde donde construir la nueva realidad política, institucional y cultural. En la perspectiva de Casares, una Galicia integradora, amable y moderna.

Coincidí con él en dos o tres momentos. Primero como diputado independiente en las listas del PSdeG-PSOE al parlamento gallego, entonces todavía en el pazo compostelano de Xelmírez. Formaba parte, junto a Ramón Piñeiro, Benxamín Casal y Alfredo Conde de aquel grupo de galleguistas representantes de la legitimidad autonomista de la República y los largos años de exilio y resistencia cultural durante la dictadura. En aquella primera legislatura, la de 1981, Casares sería un diputado discreto y eficaz en su labor en favor de la aprobación de la primera Lei de Normalización Lingüística. Más tarde, cuando Casares era ya el compañero habitual de Torrente Ballester en las reuniones estivales de Baiona o en La Romana, el barrio de A Ramallosa donde tenía su casa el autor de La saga/fuga de J.B. En estos años de la década de los ochenta y noventa, Casares desarrolla una intensísima tarea al frente del Consello da Cultura, en la revista Grial y la editorial Galaxia y como dinamizador cultural a lo largo y ancho de Galicia, allí donde fuera requerido. En el ámbito literario español se valorará su buen hacer informado; participa en encuentros de escritores y, junto a otros creadores, viaja en ferrocarril por Europa, donde su capacidad para el relato oral, concita el elogio unánime de sus pares. Un referente para iniciados.

Casares será para siempre, un hombre con quien se podía contar. Ayudaba su carácter abierto, la voluntad para acercar posiciones, tender puentes

Es este el tiempo en que el novelista experimental en sus inicios, escritor en su lengua vernácula, autor de cuentos infantiles y ensayos biográficos sobre Curros Enríquez, Vicente Risco, Ramón Otero Pedrayo o el muy atinado de Ramón Piñeiro, muda hacia un clasicismo sobrio y eficacísimo. La columna diaria en La Voz de Galicia, bajo el epígrafe Á marxe, será el instrumento a través del que Casares vierte su mundo, explica el país y la idiosincrasia de sus gentes y conecta con miles de lectores. En las columnas, da cuenta de su afición por los trenes eléctricos a escala, las historias domésticas de su gato y su gusto por los puros o los helados. No faltan, claro, sus opiniones sobre los problemas del presente, traídos por la prensa diaria o por las conversaciones mantenidas la noche anterior en el paseo de Panxón o en cualquier rincón de Galicia o de Suecia, la patria de Kristina Berg, su esposa. El tono de Casares será siempre sencillo, claro, unas líneas en apariencia apenas trascendentes, pero que dejaban en el lector un regusto ético, moral, de sentido común reconfortante, servido con humor. Una toma de tierra alejada del ruido y la acelerada sucesión de los acontecimientos. Las columnas de Casares son un conjunto de pequeñas y sencillas razones para construir un mundo más humano y habitable. La recopilación que de las mismas ha llevado a cabo la editorial Galaxia, compone una monumental obra diarística de recomendable lectura.

“Un pouco máis dun metro escaso”

En la tarea de ojear ahora, con motivo de la escritura de estas líneas, algunos de los volúmenes de sus obras completas, compruebo los subrayados con que quise guardar muchas de las apreciaciones de Casares. Por ejemplo, en Un país de palabras, donde dedica varios ensayos a sus amigos y autores preferidos: Miguel Torga, Torrente Ballester, Risco o Cunqueiro, advierte que “Galicia non se explica nin se entende sin maxia” o que un pueblo, como el gallego, tan dubitativo e inseguro, pueda definir el metro como “algo que mide un pouco máis dun metro escaso”. Un conjunto de textos agudos, paradójicos y prudentes, articulados en tres párrafos, que abren la percepción a enfoques siempre originales por partir de una inteligencia observadora, reflexiva, tendente a quitarse importancia y poco aficionada a los prejuicios. “Un sembrador de historias”, dijo de él Manuel Rivas.

En Ramón Piñeiro, unha vida por Galicia, su ensayo biográfico más redondo, es posible encontrar algunas de las ideas motrices de Piñeiro que también podían caracterizar a Casares. Por ejemplo, la estimación de la desigualdad entre la capacidad de autogobierno potencial que tenemos los gallegos y la conciencia galleguista de la sociedad. Opinaba Piñeiro que profundizar y ampliar esa conciencia, “debía acadarse a través da cultura”. Fue quizá Casares el último y más fiel trasmisor de las esencias del grupo original fundador de Galaxia; casi tanto como decirlo del galleguismo histórico. Su inesperada muerte, pese a algunos achaques previos, causó profunda consternación en el país. Se iba un hombre que durante toda su vida observó, contó y escribió de Galicia y sus gentes con una comprensión y ternura incomparables.

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