La casita de la palmera en la avenida de Buenos Aires

LA CIUDAD QUE TODAVÍA ESTÁ

Publicado: 28 ene 2026 - 06:10
José Paz

Auria, como la mayoría de las ciudades de su espacio-tiempo, es una pequeña almendra medieval. Un órgano bombeante en piedra, con viejos caminos conectados como una red vascular, convertidos con el tiempo en carreteras-tragedia. Fueron caminos atravesados de huertas y de casas bajas que salpimentaban un paisaje orgánico, a escala humana, que se ha ido domesticando hacia el estruendo artificial de esta civilización-cataclismo. Es imposible no comprender Auria como este pequeño ser vivo disfrazado de cemento, donde late todavía algo hermoso y caliente que los hombrecillos de la actualidad van dinamitando con sus máquinas poderosas y su sed de dinero.

Esta mancha urbana, que en otras geografías sería un haiku de belleza para caminantes inspirados, se ha entregado al ruido y la fealdad, mientras el cogollo histórico, la cosa original, se va travistiendo de horterada, infectada de ruido, materiales venenosos, reformas oligofrénicas. No hay salvación. Y más estos días en que se certifica esa catástrofe monumental que es el asesinato del jardín del Posío, que pasará a la historia como otro crimen urbano irremediable, como fue en su día la demolición del hotel Roma. Las energías de los incapaces que lo llevan a cabo son, desde luego, semejantes a las de una ciudadanía cobarde que asiste incólume a la desgracia y no dice esta boca es mía. Un espíritu romántico diría que ganan los de siempre y que, como en aquel verso de Borges, todo está perdido como Cartago, pero conviene hacerle sitio a la idea de que esta es la sustancia real que habita la ciudad. Tal vez Auria y sus habitantes no sean otra cosa que el moho que ha colonizado al ser vivo original.

Es la casa que fueron todas las casas de las afueras antes de la hecatombe general. Y sobrevive en ruinas, tolerada por la desidia institucional y, suponemos, las ganas del pelotazo.

Antes de que todo vaya cayendo bajo la piqueta o el hormigón son saludables los paseos de flâneur-forense, certificando la desaparición de todo lo bello. En la avenida de Buenos Aires, viejo camino a Trives y Ponferrada, según toma cuerpo de ciudad, se ha transformado en un caos de edificios prescindibles, todos con su voladizo especulante hacia afuera, en materiales feos sin ningún orden ni moral. Allí, antes de que la ciudad deje de serlo y la calle regrese a su espíritu de camino, el corazón puede reencontrarse con algunos edificios rescatables, como esta casita con palmera y un cerramiento noble, de piedra y reja de hierro, con una palmera, símbolo de vieja prosperidad, de jardín en el cinturón de la ciudad.

La casita, embutida en el horror general, junto a un callejón ciego que se llama hermosamente “rúa do Liño” donde uno se imagina el ripado de esa fibra mágica, tiene dos plantas, con espíritu aldeano venido a más, en sillares de granito del país y un bello balcón. Es la casa que fueron todas las casas de las afueras antes de la hecatombe general. Y sobrevive en ruinas, tolerada por la desidia institucional y, suponemos, las ganas del pelotazo. Es uno de los pocos edificios honestos de toda la calle y quizá el único que merecería ser conservado.

Esquinas como esta nos ayudan a aprender a caminar la ciudad como quien cuida a un ser vivo herido, sin nostalgia ni cinismo. El edificio de la palmera no es solo un resto del pasado, sino una invitación a mirar mejor, a no pasar de largo. Mientras existan estos pequeños latidos —una casa honesta, una calle con nombre antiguo, un árbol sin talar— Auria seguirá teniendo algo que decirnos. Y nosotros, si afinamos el oído, quizá aún sepamos escucharla. Tal vez el hongo engendre una nueva y buena vida en la podredumbre.

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