Las casitas ferroviarias de San Francisco

LA CIUDAD QUE TODAVÍA ESTÁ

Publicado: 24 sep 2025 - 00:20 Actualizado: 24 sep 2025 - 14:23
Las casitas ferroviarias de San Francisco.
Las casitas ferroviarias de San Francisco. | JOSÉ PAZ

Cada lugar es el triunfo de una posibilidad. También de su contrario. Debajo del paisaje de superficie están los sueños pasados, las variables veladas, la suma de fracasos. Lo que ahora tenemos delante, esta cosa que transitamos y llamamos ciudad, es casi siempre la versión más rastrera, el azar más triste, la opción peor. Que las ideas mejores lleguen a cristalizar, en las ciudades y en la vida, tiene mucho de empeño y también de casualidad. Y como miembros mezquinos de esta especie mezquina hemos interiorizado que si algo malo puede suceder, sucederá casi siempre y a cualquier precio. El último medio siglo largo de este país zafio ha sido el de la destrucción organizada del patrimonio histórico, del pelotazo ignorante y el cementismo insoportable. Sin el amor a lo propio como nuesttros vecinos de península y continente, esta fiesta de la construcción organizada por alcaldes, constructores y arquitectos peleles, más que una fiesta ha sido y es una suerte de terrorismo constructivo institucional. Se dinamita la memoria y el buen gusto de un territorio en apenas una generación, dejando a los que vienen después amputados, desvalidos, feos, acomplejados. Así se construyen los fracasos. Entre todos.

Y aunque todo sea un horror, que lo es, lo que queda lo hace en forma de oportunidad encapsulada. Lo superviviente, aunque amenazado, anacrónico, arrinconado y a un paso de desaparecer es también una presencia-desafío que recuerda que hay otra manera de entender las cosas. Una muestra de otro amor hacia el urbanismo y la vida. Una llamada de atención a nosotros mismos, el hermano amable que te hace comprender que en ti también habitan la conmoción y la bondad dentro de este monstruo insoportable que creías que eras. Estos consuelos al ojo y al corazón son todavía bastantes, a pesar de todo. Unos funcionan para alegrarte una tarde y otros tienen la capacidad de transformar el pensamiento y conseguir ver la ciudad con otros ojos.

Humildad hermosa para acoger a maquinistas y personal de estación

Estas casitas de ferroviarios frente a la estación de San Francisco pertenecen al segundo grupo. Son afirmaciones de belleza. Señales de otro sueño de ciudad. Recuerdos de lo que pudo haber sido y, pese a todo, también lo es. Como toda la arquitectura ferroviaria de este país, son una cosa deliciosa. Habrán sido levantadas con la estación y son de planta baja, sencillas, pareadas, construidas en sillares de piedra y con lienzos de muro encalados en blanco, con un pequeño porche y un jardincito muy digno. Humildad hermosa para acoger a maquinistas y personal de estación. En ese lugar, a un tiro de piedra del cementerio y la ciudad vieja y pioneras de la futura catástrofe de Auria por aquellas costuras, estas casitas, que por fortuna siguen habitadas (podría haber pasado cualquier cosa), son la afirmación de un ensanche más amable y preparado para dialogar con el monte que entonces comenzaba. Su manera de estar, discreta, cariñosa, dialogante con lo verde, fue una propuesta no escuchada. Todo este barrio se ha llenado de edificios altos, de muy mala calidad y pésimo gusto, pero las casitas siguen siendo un llamado a la cordura, un testimonio de que la voracidad feísta sí tuvo alternativa y que hubo humanos con mejor corazón que los que destrozaron todo. Ellas son el sueño de un hacer de cosas distinto, de otro lugar más humano, más despacioso, con mejores pensamientos. Hay que resistirse a verlas como simples supervivientes de un pasado más tierno. Todo lo contrario. Son el antídoto para engendrar una ciudad mejor para quienes vengan después. Su presencia es el gran remedio. La siguiente y mejor ciudad está en ellas. Benditas sean.

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