Cinco consejos para Péter Magyar

Publicado: 17 abr 2026 - 02:10
Cinco consejos para Péter Magyar.
Cinco consejos para Péter Magyar. | JOSÉ PAZ

La derrota de Viktor Orbán merece ser celebrada sin ambages. Hungría ha desalojado por fin del poder a un régimen que, durante dieciséis años, vació la democracia desde dentro: rediseñó reglas electorales a su medida, restringió la libertad de prensa, debilitó la independencia judicial, colonizó instituciones y convirtió el Estado en una red de lealtades, propaganda y negocios. Orbán, que en 2014 reivindicó abiertamente la idea de una “democracia iliberal”, acabó pareciéndose menos a un conservador europeo que a una reencarnación posmoderna del nefasto almirante Horthy, el dictador fascista húngaro de la época de Hitler. La Hungría de Orbán vetó todo lo vetable y sirvió de laboratorio, escaparate y sobre todo financiador para la nueva ultraderecha europea y, vía España, latinoamericana. La derrota de Orbán es una buena noticia para Europa entera. Ni el respaldo de Trump ni la insólita implicación de Vance en campaña salvaron un proyecto agotado. Los húngaros han exigido salir del aislamiento, de la corrupción y de la farsa soberanista. Péter Magyar hereda un país exhausto. He aquí cinco consejos:

Primero, reconstruir la convivencia. El entramado de Orbán debe deshacerse con rapidez, porque las fuerzas residuales del orbanismo intentarán sabotear la apertura. Pero eso debe hacerse sin revancha. Hungría necesita justicia, no venganza. Al mismo tiempo, urge una investigación seria sobre la proyección exterior del régimen derrotado: sus redes de influencia, sus mecanismos de financiación y su papel en la internacional populista. La conexión entre ese entramado y la estrategia rusa de desestabilización de Occidente ha sido directa. Y letal para el orden liberal-democrático europeo e internacional. Hay que deshacerla saneando hasta el último resquicio de infiltración del Kremlin.

Segundo, liberalizar la economía. Orbán hizo pocas cosas bien, pero una de ellas fue conservar un impuesto de sociedades bajo, que ayudó a atraer inversión. Magyar haría bien en no destruir esa ventaja competitiva. Al contrario: debería disponer una rebaja sustancial de otros gravámenes, un marco regulatorio más liviano y un programa de desnacionalización y desregulación. Hungría necesita capital, crecimiento y productividad, no más ingeniería patriótica ni más capitalismo de amiguetes. Un giro audaz la fiscalidad de Estonia o Luxemburgo sería la forma más rápida de combatir la pobreza, el clientelismo y la resignación.

Cuarto, terminar con la obsesión demográfica. El natalismo de Estado ha sido caro y fallido

Tercero, recuperar las libertades personales. No basta con ganar unas elecciones: hay que desmantelar la maquinaria que hizo posible la semidictadura de Orbán. Eso empieza por el espacio mediático. Hay que romper la concentración oligárquica heredada, dar más frecuencias (con criterios pluralistas) y blindar constitucionalmente la libertad de expresión para que ningún futuro gobierno pueda reconstruir un sistema de censura indirecta. Y hay que afianzar los derechos civiles. El nuevo Ejecutivo debería revertir sin vacilación la legislación hostil hacia la comunidad LGBTQ, proteger a las minorías religiosas y afirmar un principio simple y liberal: el Estado no está para vigilar la moral privada de los ciudadanos. A Magyar le corresponde devolver la religión al ámbito privado. Y también debe restaurar el sistema electoral.

Cuarto, terminar con la obsesión demográfica. El natalismo de Estado ha sido caro y fallido. Las exenciones fiscales y subsidios selectivos han discriminado a los solteros y a las familias sin el número de hijos bendecido por el poder. Si Hungría necesita más jóvenes, la respuesta no puede seguir siendo un esfuerzo fiscal natalista que sólo dará frutos laborales dentro de veinte años. La respuesta racional pasa por abrirse a la inmigración, al menos a la inmigración ordenada y selectiva, y por convertirse en un país atractivo para vivir, trabajar e invertir, frenando así el éxodo.

Y quinto, reinsertar a Hungría en el Occidente liberal. Los votantes húngaros han decidido realinearse con la Unión Europea, la OTAN y Ucrania. Magyar debe cumplir ese mandato. Hungría debe dejar de ser el vetador habitual de Bruselas, desbloquear la ayuda europea a Kyiv, abandonar su connivencia con el Kremlin y asumir frente a Rusia y frente a Trump una posición parecida a la del resto de Europa y Canadá. Nada ha perjudicado más a la seguridad y al prestigio de Hungría que su extravagante papel de caballo de Troya ruso, cuando no de espía, dentro de las instituciones occidentales. Lo patriota no es posar de rebelde, sino contribuir al bando occidental, que es el que conviene y corresponde a Hungría. Orbán, el gran teórico del “Estado iliberal”, ha terminado siendo el símbolo de sus límites. La nueva ultraderecha europea ha sido una operación alimentada por el fondo de reptiles del gas ruso a través del MCC y otros agentes húngaros. Que ese invento se hunda precisamente en Hungría es pura justicia poética. El laboratorio iliberal ha fracasado en su mayor feudo. Ahora le toca a Péter Magyar demostrar que la libertad, además de ser moralmente superior, puede volver a ser políticamente eficaz.

Contenido patrocinado

stats