Caldo de cultivo

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Publicado: 17 abr 2026 - 02:40
Opinión en La Región
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Las escenas de enfrentamientos entre diputados se han visto en muchos parlamentos, en los de la India, Corea del Sur, Turquía e incluso en la republicana Francia, pero en el debate político en España no se había superado el listón de las algaradas, pateos y gritos entre los miembros de distintas bancadas, aunque últimamente se había elevado el listón a los insultos personales. Todo ello, no obstante, ha constituido el caldo de cultivo que ha dado lugar a que un diputado subiera a la tribuna, el lugar desde donde ejerce su potestas la tercera autoridad del Estado, en un hecho insólito y de una gravedad que no se debe minimizar.

La crispación existente en la vida política nacional, que se exacerba en determinados periodos perfectamente delimitados, junto al hecho de que el tercer partido de la Cámara sea de ultraderecha y no oculte sus comportamientos antisistema y su desprecio a la cortesía parlamentaria rayano en la falta de educación más genuina, ha dado lugar a que el diputado José María Sánchez se encaramara a la tribuna de la Mesa del Congreso y apabullara al presidente en funciones, el socialista Alberto Rodríguez Gómez de Celis, que temió incluso una agresión física.

La necesidad del PP de mantener un bajo nivel de enfrentamiento con Vox está en la base de su reacción meliflua

El diputado de Vox demandaba la palabra porque había sido objeto de insultos –“criminal”, “ignorante”- por parte de otro diputado de ERC y le habían advertido que no tenía el uso de la palabra. Las increpaciones entre los diputados son frecuentes y van desde retrotraerse al origen de las formaciones políticas, -“herederos del franquismo”, “filoterroristas” o “fascistas”- al cúmulo de insultos que ha recibido el presidente del Gobierno, tanto desde la tribuna como desde los escaños, pero que proyectan una imagen de tensión que se transmite de forma vertical al resto de la sociedad.

El hecho insólito protagonizado por el diputado de Vox -desde el 23F nadie había subido de forma intempestiva a amenazar a la presidencia del Congreso- merece una recriminación explícita que debía concernir a todos los grupos parlamentarios y por ese motivo es sorprendente que el PP sumara su posición a la de Vox para impedir que se produjera una declaración institucional de condena de lo ocurrido. Cierto que no iba a salir porque es precisa la unanimidad y Vox no ha condenado la actitud de su diputado, pero el PP buscó el subterfugio de tratar de incluir en el escrito otros asuntos, como la falta de atención por parte de la Mesa a los proyectos de ley presentados por el PP, aunque lo hizo justo el día en que el Tribunal Constitucional le amparaba y censuraba las prórrogas del periodo de enmiendas por “obstruir el proceso legislativo”.

La necesidad del PP de mantener un bajo nivel de enfrentamiento con Vox, su socio imprescindible para la formación del gobierno en las tres comunidades autónomas en las que se celebraron elecciones anticipadas, está en la base de su reacción meliflua, a pesar de que desde Vox no recibe el mismo trato y las invectivas a su acción política y a su líder son constantes. Más allá de las contingencias del momento, la gravedad de la irrupción del diputado de Vox en la Mesa del Congreso requiere una condena sin ambages y una reflexión sobre la necesidad de rebajar el clima de enfrentamiento cuando supera el umbral de la normal crítica política. Si no, el salto de las amenazas verbales a las agresiones físicas está más cerca.

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