Victoria Lafora
El secreto de las joyas
EL ÁNGULO INVERSO
Llega tarde a nuestro cónclave Ana. ¡Cielo santo, qué mala cara trae! Se sienta y nos mira retadora. Nos espeta: “Hoy vengo tan cabreada que me voy a empujar con vosotros un trago de vodka. Os cuento. Lo he tomado como una traición, nadie me avisó antes. Hoy, en la puerta del quiosco pegado a mi casa, había un cartel escrito torpemente a bolígrafo: ‘Este quiosco cierra para siempre’. Maldita sea. Qué mal me sentó. Allí mi padre me compró las primeras golosinas. Allí su generación alquilaba novelas del Coyote, de Marcial Lafuente Estefanía. Hasta ayer, cada día a las ocho, bajaba, veloz, para comprarle a mi padre un ejemplar de La Región, que leía gozoso mientras desayunaba. Me he quedado pensando y es cierto: cerró el quiosco y es como si bajara el telón del final de una época. Me da miedo imaginar a mi padre sin su periódico extendido sobre la mesa, a veces salpicado de café, buscando el chiste del Carrabouxo, cubriendo los sudokus con arte”.
Te cuento, lector, que seguimos las normas de Manuel Vicent y Paco Umbral en el Café Gijón, que decían: “Hay que llegar a la tertulia bien llorados y no hablar de sentimientos”. El psiquiatra la mira, comprensivo: “Chica, estamos en las manos de los magnates de la tecnología y la inteligencia artificial; estamos en la era del vacío. Quieren que tu padre no saque los ojos del ordenador. El pensar ha muerto. Nos ametrallan. Nos olvidamos de que la libertad comienza donde acaba el miedo a la desaprobación ajena. La maldita apariencia. Todo entra por los ojos; poco por el corazón. El poder nos barbariza. Cuánto peligro. Nuestros cerebros comienzan a estar programados para evitar todo lo que les incomoda”.
Me he quedado pensando y es cierto: cerró el quiosco y es como si bajara el telón del final de una época.
Entra de nuevo la chica. “Hay que joderse. Me han dicho que van a montar un kebab o algo así”.
Interviene el pintor: “A ese nuevo negocio le irá bien. Dicen las estadísticas que nuestra ciudad y provincia son las que más ‘engullen’ de España. Ya ves, la fiesta del cocido, la del cabrito, la de la lamprea, la de la androlla, la de los callos…”
Y remata el músico: “También afirman que nuestra provincia es la que tiene más centenarios de Europa. No me sorprende: si vas a una de estas bacanales, verás que los que más zampan son los más viejos. Lo tienen pendiente desde la época de la larga posguerra, la cartilla de racionamiento. ¡Ay!, la España garbancera de la que habló Machado”.
Entro yo: “Déjalos que coman hasta reventar. El fin del mundo está cerca. Y Dios no se presentará en el Juicio Final. Comed y bebed, malditos”.
Son las once de la noche. En el portal de mi casa está mi joven vecina. Vive sola con su perro. Observo que una lágrima asoma por su mejilla. No me atrevo a preguntarle qué le sucede.
De pronto, una ambulancia aparca frente a la casa. Unos sanitarios sacan a una anciana mujer y, con muchas precauciones, la suben al apartamento de la joven. Les ayudo en el transporte. Se van.
Entonces sí, le pregunto: “¿Qué sucede? ¿Es que ya está mejor tu madre y regresa a casa?” Mira al suelo. “Estos meses he pasado muchas horas entre enfermos de cáncer. Me hería verlos languidecer y acabar falleciendo en soledad. No pude soportarlo. A pesar de las trabas del médico, hoy arramplé con ella. Sé que se irá muy en breve. Pero se irá entre mis brazos”.
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