Xabier R. Blanco
CLAVE GALICIA
Portero de noche
Hasta hace relativamente poco tiempo, ir al bar significaba una clase inimitable de placer que siempre nos ha caracterizado a los españoles. Ir al bar era –y espero siga siéndolo para nuestra incomparable fortuna- darse cita en un lugar habitualmente de ensueño, en el que los valores más nobles del ser humano como la amistad, el cariño, la comprensión y la solidaridad estaban ineludiblemente presentes. Al amor de unas cañitas y unos boquerones en vinagre, las cosas son más fáciles y agradables. En el bar, uno puede ser del Madrid o del Atleti, independentista o constitucional, de derechas o de izquierdas, de metro noventa o de metro cincuenta y cinco… Si la cerveza es buena, está bien tirada y está fresquita, si las tapas son del día, si la luz se cuela por los ventanales del establecimiento, siempre hay un argumento para entenderse. Aunque sea para decirle a nuestro amigote de toda la vida el honorable y querido camarero, que ponga otras que esta ronda corre de mi cuenta.
De un tiempo a esta parte, no solo se va al bar a jugarse a los chinos o al mus las consumiciones, hablar de política y pedir otra de bravas. Se va también al VAR para comprobar si ha sido penalti, si el jugador que ha marcado estaba en fuera de juego al hacerlo o si, como también ha ocurrido, la tarjeta amarilla se la ha adjudicado el árbitro al que no era porque todos se parecen mucho que son peruanos. Se trata de un mostrador nuevo que ya no está sembrado de exquisiteces ensartadas en un palillos, sino de monitores de televisión ante los que toma asiendo un serio y circunspecto equipo de colegiados para suministrarle al árbitro principal de cada partido la información pertinente en cada lance del juego que le permita tomar sus decisiones amparado en los progresos de la técnica. El juez escucha por el pinganillo, pide calma, traza un rectángulo imaginario en el aire con los dedos, y se va a la banda para acoderarse en la mesa de un VAR en el que no se sirven cañas pero se despejan incógnitas que antes de este invento propiciaban discusiones interminables en el otro bar. En el que los aficionados contemplaban los partidos compartiendo emociones y pinchos de tortilla.
Yo me apunto a ambos. El primero y con V, porque va a resolver muchas broncas. El segundo y con B, porque es felizmente mío de toda la vida.
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