La conjura de los conselleiros

Publicado: 23 oct 2026 - 04:05
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Durante mi etapa en la Xunta me he visto sorprendido por ser calificado como conspirador en tres ocasiones. Una de ellas, por culpa de un pertinaz periodista anti-Carreño, anteriormente fan, que me atribuye el cese de Rey Roa, conselleiro de Agricultura, que El Correo Gallego imputa a su choque con poderosos lobbies (ahí no estoy). Las otras dos me han extrañado por proceder de Vázquez Portomeñe, compañero mío en la Xunta, que en su autobiografía me atribuye protagonismo en la batalla contra Romay: “… en la que asímismo participaron Cacharro y Carreño”, y, en mayo de 1984: “Barreiro y Carreño se autocomisionaron y se arrogaron la representación de los demás miembros del Gobierno para plantarse en Madrid e insistir a Fraga ante la tragedia de un Ejecutivo descabezado, sin norte que exigía a voces una presidencia efectiva”. Esta gran mentira motivó mis dos cartas abiertas en Faro de Vigo a Portomeñe, en las que ratifico mi apoyo y lealtad total a Albor y le recuerdo la solución que le di cuando, al presentarse con esmoquin –“chaqué corto”, según el matrimonio Portomeñe- para la recepción a los reyes el Día de Santiago de 1983, le conseguí un cambio de atuendo facilitado por un empleado del Hostal y realizado en el Parador.

Pero vayamos a la conjura verdadera. El próximo día 30 se cumplen 40 años de la publicación en la portada de Faro de Vigo de la conjura de los conselleiros, y ese mismo día se celebraba un largo debate en el Consello da Xunta sobre la dimisión del presidente. Dos son las muy diferentes versiones sobre esa conjura: una, en “De Fraga a Fraga”, escrito por Carlos Dávila y Luis Herrero, editado en 1989, y otra, de Víctor Vázquez Portomeñe en su autobiografía “Testigo y parte de la historia de Galicia”, de 2014.

Comparemos ambas:

“De Fraga a Fraga” (páginas 73 y 74). El suceso está a punto de explotar. ¡Bien lo saben quienes lo provocan! Uno de ellos lo recuerda así -es Víctor Vázquez Portomeñe, especialmente listo, exucedista, exconselleiro de Educación y parlamentario por Lugo, que no por Pontevedra, donde tiene su asiento político natural-: “Una mañana, en el Parlamento, van y me dicen: ‘Víctor ¿tienes inconveniente en cenar esta noche en casa de José Luis Barreiro?” A la gallega, según tradición y uso, Portomeñe responde: “¿Y por qué habría de tener inconveniente?” Total que aquella noche están en el nuevo piso, elegante, lujosamente decorado, de José Luis Barreiro. Cenan con frugalidad los convocados y, a los postres, cuando todo estaba ya discutido, el propio Vázquez Portomeñe sugiere: “Un acuerdo así hay que suscribirlo con algo más que con una botella de rioja”. Se levantan. Vázquez Portomeñe se dirige a una Biblia que porta en un atril. La Biblia es la que la mujer de Barreiro ha regalado a su marido; sobre ella escribe “Santiago de Compostela, 28 de octubre de 1986”, y firma él el primero. Ha nacido la “conjura de la Biblia”. Firman a continuación José Luis Barreiro (y cuatro más, cuyos nombres omitimos). Con la firma han suscrito un compromiso para derrocar cuanto antes a su presidente. Dice alguno de los conjurados que el compromiso no era inmediato, que incluso estaba fechado para dos meses después. No es verdad. Al menos dos de los “conjurados de la Biblia” acuerdan que hay que filtrar el pacto cuanto antes. Y eligen un periódico, El Faro de Vigo. El periódico se entusiasma y la misma mañana en que está convocado el Consello publica la conjura a toda plana.

“Testigo y parte de la historia reciente de Galicia” (páginas 113 y 114). Casi todos éramos conscientes de que la situación estallaría, como efectivamente estalló el 30 de octubre de 1986. Previamente, el día 29, recibí una agradable, aunque sorpresiva, invitación de Barreiro a cenar en su casa. Creo que fui el último en tener el honor y allí nos topamos (omitimos los cinco que cita) y algunos más que no puedo precisar. Ignoraba el objeto de la reunión, pero conociendo el ambiente de disolución del Gobierno me imaginé que en la sobremesa se tocarían los más que manidos temas de la situación de la política gallega y la necesidad de aglutinar una fuerza galleguista que pensara esencialmente en Galicia, tal como rezaban las tesis de nuestro vicepresidente. La cena se celebró y la amabilidad y cortesía de la esposa de Barreiro, María, una gran funcionaria e inteligente señora, nos hizo olvidar los recelos que de ordinario vivíamos. Al final del ágape, Barreiro nos mostró una Biblia que le habían regalado encuadernada en cuero repujado y creo que de cantos dorados. Llamaba tanto la atención que, en medio de la circunstancial cordialidad reinante, creí que sería un gesto de gratitud que todos firmáramos el ejemplar como recuerdo de nuestra estancia en aquel domicilio y dentro de tan amable cena. Así lo propuse y así lo aceptaron todos, sin la más leve alusión a ninguna bandería política, conspiración o golpe de mano.

¡Gran “olvido” de Portomeñe, la versión que dio a Herrero y Dávila!, y la publicación por Faro de Vigo de la conjura de los conselleiros.

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