Xaime Calviño
LA PREGUNTA DEL DÍA
En Portada, Avenida de Portugal, la trinchera infinita
El ejercicio del poder, ya sea público o económico, siempre se ha entendido, en el Estado de Derecho, desde una perspectiva de servicio y de contribución al bienestar de la colectividad. Entre otras razones, porque la justicia, la honestidad, la imparcialidad y otra serie de valores o criterios de conducta ética constituyen buena parte del núcleo mismo de la dignidad humana.
Sin embargo, los rasgos de nuestra sociedad actual no facilitan esa lucha por la dignidad de la persona y sus derechos fundamentales. Más bien, nos encontramos con una cultura que exalta el poder, el dinero o la notoriedad a cualquier precio como exigencias para la propia realización personal. Lo importante es alcanzar estos objetivos sin reparar en la moralidad de los medios para conseguirlos porque, tal y como destilan a diario las más variadas tecnoestructuras, el fin justifica los medios.
Aparecen, cada vez con más frecuencia, situaciones de abuso de poder, tráfico de influencias, prevaricaciones, etc., casos, todos ellos, en los que se desnaturaliza el fin con el que deben utilizarse los poderes y las potestades, confundiéndose el interés personal con el interés de la colectividad
En este contexto, pues, aparecen, cada vez con más frecuencia, situaciones de abuso de poder, tráfico de influencias, prevaricaciones, etc., casos, todos ellos, en los que se desnaturaliza el fin con el que deben utilizarse los poderes y las potestades, confundiéndose el interés personal con el interés de la colectividad. Esta es la explicación última de la corrupción. A diario lo vemos, desgraciadamente entre nosotros.
La sociedad actual, aunque parece impotente y sin recursos éticos, debe volver a colocar al ser humano, a la persona, sobre todo a la más necesitada y frágil y vulnerable, en el centro del sistema. La sensibilidad frente a los derechos humanos y a la búsqueda de la justicia, de nuevo, se convierten en los puntos de referencia del verdadero progreso social. Hoy, por cierto, postergando frente a la sed, insaciable y continuada, del enriquecimiento a como dé lugar.
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